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En plena primavera del año 1975, mientras en todas las casas de la población se oyen las notas de "Pequeña y frágil", Federico me dice: "Mañana vendrán dos compañeros a almorzar: el Negro Alejandro y el Mono Chico".
Al Mono Chico lo conozco, lo he visto algunas veces. Un muchachito de 17 años que realiza tareas de enlace. Su misión es mantenernos en contacto con otro compañero -el Mono Grande- que ha escapado a la represión, pasando a la clandestinidad. "Se escapó jabonado", precisa Federico. "¡Es más resbaloso que un congrio!"
Federico, a quien le encanta inventar sobrenombres, los ha bautizado así. El Mono Grande representa el eslabón que faltó a la DINA para continuar con una larga cadena de detenciones. "Es el eslabón perdido", dice. Y de ahí se le ocurre la idea de los 'monos'. Yo me río de sus chistecitos que casi nadie entiende.
"¿Quién es el Negro Alejandro?", pregunto. "Ya lo conocerás", responde el Chico con un alegre aire de misterio.
"¿Y qué preparo de comer?" Contamos sólo con ollitas y cacerolas chicas suficientes para dos personas: pero seremos cuatro. Primera vez que tendremos invitados en la pequeña pieza que arrendamos en una población de Vallenar. "Prepara la pizza", sugiere Federico. Acepto de buen grado la idea.
Al día siguiente muy temprano, Federico va al centro. Luego regresa en compañía de un muchacho moreno, alto, delgado, y con una sonrisa deslumbrante. Es el Negro Alejandro, quien me saluda con mucho cariño como si me conociera desde siempre. Quedo al instante conquistada por su gran simpatía.
Mientras Federico prepara unos papeles, nos sentamos a conversar. Alejandro me muestra una foto. Es una hermosa foto donde veo a un niñito que ríe divertido, luciendo un casco de minero demasiado grande para él. "Es mi hijo", dice el Negro con orgullo. "¡Muy lindo!", digo yo, y contemplo la foto sin atreverme a preguntarle nada. En mi mente suenan las palabras que oigo siempre decir a Federico: "No preguntes, no cuentes, ni dejes que te cuenten. Mientras menos sepas de los otros, mejor".
Poco después, el Chico y Alejandro salen, diciendo que a mediodía volverán con el Mono. Antes de irse, Federico me advierte: "No le eches mucha sal a la pizza... ¡Mejor que 'fafalte' antes que zozobre!"
Como a las doce y media ya tengo todo listo y cerca de la una los veo llegar. Vienen muertos de risa. Entran bromeando y conversando. Y muestran -como si se tratara de un trofeo- una gran bolsa de papel llena de nísperos.
"¿De dónde sacaron estos nísperos?", digo probando uno. "¡Son exquisitos!". "Se cuenta el milagro, pero no el santo", dice Federico. "Es un regalo que nos hizo alguien", confiesa el Mono. "Alguien que posee un gran huerto", agrega el Negro.
Van a lavarse y a refrescarse un poco en el pilón del patio y luego nos sentamos a almorzar. Estamos bien estrechos en aquella mesita. Iniciamos a servirnos la pizza y -al cortarla- me doy cuenta de que quedó bastante dura.
Federico y el Negro empiezan a recordar anécdotas de sus tiempos de estudiantes en la Universidad de La Serena. Hablan de otros amigos que el Mono Chico y yo no conocemos. Nos sentimos fuera de lugar, sin poder intervenir en la conversación. Pero, por otra parte, es lindo contemplar a esos muchachos grandes intercambiando historias y noticias de días más felices.
De pronto noto que el Mono Chico -en completo silencio y gran concentración- hace esfuerzos sobrehumanos tratando de cortar un pedazo de pizza. Los servicios tienen mango de plástico. Veo que el mango del cuchillo del Mono se ha quebrado, y él -sin decir nada- lo mantiene adherido a duras penas y trata de seguir usándolo.
"¿Se te quebró el cuchillo?", digo yo, sin poder contener más la risa. "No importa. No te preocupes. Son servicios de mala calidad. Se rompen solos... ¡No me ofendo si dices que la pizza me quedó como piedra!... Estamos en confianza: tómala con la mano".
La atención de los más grandes se dirige por fin hacia nosotros. Federico tiene 28 años y Alejandro tal vez pocos menos. Hacen frente común contra el Mono Chico y yo, porque somos más jóvenes.
Empiezan a reír del Mono y de su gran odisea al tratar de servirse la pizza utilizando ese cuchillo roto. Trato de defenderlo. Al final terminamos los cuatro riendo por tonteras.
Estamos contentos de estar ahí juntos: conversando, bromeando, compartiendo una pizza durísima.
Alejandro habla de largas y extenuantes caminatas que hacían en grupo por Coquimbo y Serena, escalando los cerros. "Un día íbamos muy cansados", cuenta, "ya no podíamos más, y -al llegar a la cumbre- lo único que queríamos era sentarnos por ahí o tirarnos al suelo a descansar un rato... Sólo este Chico quiso quedarse en pie contemplando el paisaje... ¡Y luego nos llamaba para que fuéramos a disfrutar con él del lindo panorama!... ¡Nos daban unas ganas de pegarle!" Federico ríe divertido, recordando la escena.
Conversan de una y mil cosas gran parte de la tarde y a un cierto punto -no sé por qué- sale el tema de la baja estatura de Federico. Es verdad que tanto el Negro como el Mono son altos. Y sienten el irreprimible impulso de bromear y molestar al Chico: "Chico, ¿cuánto mides?", le preguntan riendo. "¿No nos quieres decir?" "¡Confiesa! ¿Cuánto mides?"
Federico trata de desviar el tema, pero ellos insisten. Hasta que pierde la paciencia y dice: "Para arriba mido uno y sesenta... Pa' delante... ¡Dos metros!" Y me lanza una mirada victoriosa, sonriendo con malicia. Los muchachos se quedan mudos, consternados, perplejos. No esperaban una respuesta así. Luego estallan en grandes carcajadas.
Llega la hora de despedirse y los dos compañeros se van.
Se acerca ya la noche de este insólito día, pero aún no terminan las sorpresas. Mientras Malena canta el tango como ninguna, vemos aparecer al Negro.
"¡Qué pasa!", pregunta Federico, al tiempo que se pone de pie. "Nada", dice él. "Perdí el bus". Luego agrega: "No tengo en qué viajar a Copiapó. Por favor, déjenme pasar la noche con ustedes. Me iré mañana a primera hora: en el bus de las siete".
Con Federico nos miramos inciertos. No hay problemas en que el Negro Alejandro se quede. Mas, ¿dónde dormirá?... Tenemos sólo una cama de plaza y media. "¿Dónde vas a dormir?", pregunta Federico. "En cualquier parte", le responde el Negro. Y mira alrededor en busca de algo: "Aquí: sentado en esta silla", dice. Y viendo que los dos lo miramos dudosos, empieza a 'suplicarnos', poniendo en juego toda su simpatía: "Déjenme pasar la noche aquí, muchachos. No tengo dónde ir". "De acuerdo", decimos con el Chico.
Vuelve a reinar la alegría en la casa y me divierto escuchando sus conversaciones mientras preparo algo para la cena.
Comemos y hacemos sobremesa hasta tarde. Federico y el Negro tienen mucho que hablar. No se quedan ni un momento en silencio. Recuerdan tantas cosas. Poco a poco se hace sentir el sueño. "Niños, ya es más de medianoche", digo. "Mañana debemos levantarnos temprano".
Ellos se alzan y empiezo a imaginar una cama para el Negro Alejandro. No es posible que duerma en una silla. Veo en un rincón de la pieza una ruma de diarios que Federico compra para estar informado. "Hagamos una especie de colchón usando esos papeles", les propongo entusiasta.
Y en el único hueco libre de la pieza -junto a nuestra cama- preparamos un colchón de emergencia extendiendo en el suelo Terceras y Mercurios, los cuatro cojines de las sillas y unas pocas toallas para que quede más blando. Luego busco las sábanas, un almohadón para que el Negro apoye la cabeza y -como no tenemos más frazadas- le tiramos arriba algunos chaquetones. Es primavera, sí, pero de noche todavía hace frío.
Los tres -muy contentos por el resultado- hacemos turnos para lavarnos y luego nos vamos a la cama.
Al día siguiente me despierta el rumor de la tetera hirviendo. Alejandro ya está en pie, listo para partir, y nos ha preparado el desayuno. Se sirve un poco de té con mucha prisa y -agradeciéndonos de nuevo por haberle dado asilo aquella noche-, se despide de nosotros abrazándonos fuerte. "Nos vemos", dice al cerrar la puerta. Y en el aire queda flotando su sonrisa.
Nunca más vuelvo a verlo.
Poco tiempo después, nos llega la noticia de que lo han detenido en Copiapó junto a su esposa y a otros compañeros. Corren rumores de que lo han torturado. De que ha muerto en tortura. "Hicieron desaparecer al Negro Alonso", murmura con tristeza Federico, usando por primera vez en mi presencia el verdadero nombre de su amigo.
El compañero Alonso Lazo Rojas, había estado en nuestra casa, conocía nuestra dirección, sabía muy bien dónde vivíamos. Sin embargo, no habló. Soportó la tortura. No dio ninguna información a sus verdugos, protegiéndonos con su silencio.
Pero la primavera del 75 no trajo sólo cosas tristes. Federico y yo descubrimos -con inmensa alegría- que estábamos esperando un hijo.
Decidimos llamarlo Alejandro, en recuerdo del Negro.
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Ilusión y Realidad
Alonso Lazo Rojas
Poema escrito en el año 1969 (Contribución de su hermana Sarilene Garcia)
¡¡¡ Si soy dueño de mis pensamientos
también puedo expresarlos !!!.
La lluvia se deja caer,
violentamente sobre esta tierra seca,
el olor a tierra mojada
ya se deja sentir.
¡Por fin! hay agua,
los árboles, las plantas parecen regocijadas,
el viento parece susurrar una sinfonía
los truenos son explosiones de alegría y felicidad
las montañas se empiezan a engalanar
de un manto blanco, diáfono, puro,
el río parece que buscara con más desesperación
su crucial encuentro con su padre: el mar,
hasta los animales vibran,
¡si es alegría! de poder por fin saciar esa sed
que quitaba poco a pocoa la vida
¿pasto tierno?
quizás en poco tiempo
ya haya.
Inmensos goterones golpean sin cesar
los farolitos de los humildes ranchos.
El olor a pan candial se esparce
por la casa de Ña Eufemia,
es su hija la Josefa la que lo hace
sus manos morenas, limpias
parecen jugar con la masa,
Ña Eufemia también se siente contagiada
y los picarones y las sopaipillas
son las delicias de los niños.
Don Yaco en un rincón
se ha sentado en una pequeña silla de totora
toma la guitarra
y con suaves rasgueos...
con su voz llena de vigor y picardía
hacen reír a su vieja Eufemia.
En una parte de Chile
la vida tiene su sabor
renace por fin la alegría
en el campo,
ya el campesino podrá tener pan
humilde, si, pero con un sabor dulce,
no tan amargo como el que venían comiendo.
Llegó el otro día,
un sol abrasador e implacable
envuelve el ambiente
¿que ha sucedido?
los árboles parecen espectros
plantas y hierbas realmente ya no existen,
la cordillera impávida, erguida,
ni un copo de nieve la cubre,
los animales sufren en silencio,
con la cabeza erguida
parecen observar su triste destino,
mordisquean un quisco,
aunque jugoso
cruel con espinas,
parecen castigar a los pobres brutos,
solo los pajarillos con su gorjeo
parecen animar este terruño
no obstante el trino es triste
será éste una forma de demostrar
su impotencia.
Don Yaco con su azadón
trata de abrir esta tierra
que el opone resistencia,
el trigo se encuentra caído, desfallecido
que cara tendrán los niños, su vieja Eufemia
al saber la funesta noticia,
no habrá pan.
Era ilusión, estaban soñando?
Si erá un sueño hermoso
que leshizo olvidar por un instante
el dolor, la impotencia, el hambre,
la triste realidad,
el triste futuro.
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