|
Estoy nerviosa, trato de calmar mis músculos. Nerviosa, sin embargo mi cabeza está lúcida. Mi
decisión es definitiva. Mi espera ha sido larga. Largos años esperando que
ocurriera un milagro. Ahora, no puedo seguir esperando lo que nunca ocurrirá.
He rezado noches enteras, tratando de saber si no hay otra forma. Mi mente
vagó eternas horas buscando algún indicio, una señal que pudiera saciar
mi sed de Justicia. Participé en mil marchas, clamando, llorando, suplicando,
¡Justicia, Justicia! ¡Castigo para los asesinos! Para todos, los que dispararon,
violaron, humillaron, y para los que nunca se ensuciaron y con breves frases
ordenaban quién vivía, quién moría o quién desaparecía.
Nos insultan cómodamente empotrados en sus sillones de cuero:
-Olvidénlo. Eso ya pasó. Pensemos en el país, en el futuro. La gente está
cansada de esas historias. Se hizo lo humanamente posible.
Yo he tratado de convivir con mi dolor. He tratado de aplastarlo, de comprimirlo.
de aniquilarlo. He intentado el amor. Conocí a mi compañero, a mi marido,
a mi amante y con él soy feliz. A medias. Feliz a medias. Fruto de ese amor
nacieron dos luces gemelas que iluminan mi vida. He dado años de mi vida
en construir ésta, mi familia. Mi marido, amante, compañero es un angel.
Me ha dado todo. Me ha hecho feliz en la cama, en el parque, entre amigos,
con su familia y ha compartido conmigo una visión amplia del mundo. Hemos
mimado a Esperanza y Felicidad, mis dos gemelas. Le hemos entregado valores
y le hemos inculcado la imperiosa necesidad de actuar, de rebelarse ante
la injusticia. A no temer que ese accionar presente ribetes violentos, cuando
se persigue plasmar, lo que hasta Dios clama: Justicia. Hemos tenido un buen
pasar material, con el estudio profesional en el que ambos trabajamos. Sin
embargo, el recuerdo, el martirio de mi madre y tantos hombres y mujeres
justos, la indiferencia con que mi país nos da la espalda me han sido insortables.
Nada sano puede salir donde al dolor se le menosprecia y rechaza, como pestes
inmundas. Nada se puede construir en un país, en que el Estado mató a mansalva
y ni siquiera se obligue a los asesinos a pedir perdón y a pagar por sus delitos.
Me he repetido mil veces "lo que la sociedad no te da, tu deber es tomarlo" hasta
convencerme.
Hoy dejo las palabras. Después del verbo la acción.
Aquí estoy, y no daré pie atrás. En unos minutos más, esta espera tocará
fin
y allí veré si mi plan fue todo lo acusioso, como yo me lo propuse. Mis
manos
traspiran de ansiedad, la boca esta reseca y trato de relajar mi respiración.
Seco el sudor que me produce la peluca
con la manga de mi vestido artesanal.
Abró los ojos, apenas la puerta del condomio se abre. Ahí esta el "ronco"
en
su auto, mirando con deseperación hacia cada lado de la calle. Como todos
los
dias, irá a correr unos minutos al parque O'Higgins, después de cerciorarse
de que nadie lo sigue. Estacionaré en aquel lugar en que, generalmente no
hay nadie. El paseará su vista en todas las direcciones y luego hará el mismo
itinerario que hasta ahora tan buenos resultados le ha dado.
Pongo el motor en marcha y me voy directamente al lugar donde lo encontraré.
He cronometrado mi trayecto y he llegado justo a tiempo. Bajo corriendo mientraslucho
por estabilizar mi respiración y comienzo
a caminar hacia su encuentro. He tomado un libro, que simulo leer. Levanto
la vista. Ahora vislumbro su silueta ancha, pesada, bajando aquella curva,
distante a unos veinte metros, antes de tomar esta recta con protecciones a ambos
lados del camino. Adivino en sus ojos la sorpresa de verme en la misma ruta. Imagino
su cerebro, calculando el riesgo. Disminuye su marcha y gira su cabeza. Se
detiene y comienza a hacer gimnasia para, de seguro, asegurarse que
aquella presencia femenina, no se encuentra acompanada. Yo
sigo caminando cabizbaja, como embuida en el libro. El reanuda su marcha y desecha
el peligro. Sólo se trata de una muchacha hippie -debe pensar- mierda insignificante.
Trota sobre el mismo lugar y luego se impulsa hacia adelante, estamos a
pocos metros.
Levanto la mano y le sonrio. Disminuye la marcha.
-Perdon Señor... ¿le puedo hacer una pregunta?
-Sí claro -entre medio perplejo y gozoso -¿En qué puedo ayudarla, linda?
-Aquí en este libro... bueno... ¿conoce usted a Gabriela Arredondo
Andrade?
El hombre miró hacia el cielo, en el preciso momento en que yo extraje el revólver. Cuando
bajó los ojos, su cerebro realizó que la muerte lo reclamaba. Se arrodilló
y suplicó. LLoró y se meó, imploró, se cagó.
Tenía dos alternativas, ser generosa como ellos nunca lo fueron
y considerar que la humillación era castigo suficiente, o ser la Justicia
de tantos hijos madres y esposas, víctimas secas de tanto llorar.
El estruendo fue breve, límpido. Se abrió el cielo y el sol me prodigó su
calor.
Miré en todas direcciones. No ví a nadie y nadie me vio. Apuré el tranco
y llegué hasta el auto robado la noche anterior. Lo estacioné en la calle que había previsto.
Sin lugar a dudas lo encontrarían, veríamos si
lo ligaban al ajusticiamiento o andarían tan extraviados comos les es costumbre. En
cualquier caso no me preocupaba. Limpié cada una de las cosas que había
tocado con un pañuelo empapado de acetona.
Caminé una cuadra y tomé un micro,
bajé tres paraderos después. Entré a un baño público en pleno
centro y me cambié de ropa simplemente sacándome el vestido artesanal que llevaba por encima.
Saqué la peluca caoba y la envolví entre el vestido. Esperé unos cinco minutos,
escuchando con atención cada movimiento. Salí al momento en que no había
nadie. Caminé rauda hasta un edificio que poseía un incinerador interior
y accesible desde cualquier piso. Llegué hasta el séptimo, sabiendo que allí
funcionaban pocas oficinas y que había poco trajín. Vacié
la botella entera de acetona, prendí fuego al vestido y la peluca y los
arrojé por el tubo del incinerador.
-¿Hola amor cómo te fue en el Juzgado?
-Bien, algo me dice que la Justicia empezará a funcionar -le respondí a
mi compañero, amante, marido.
Este cuento brotó después de leer la información enviada por Pablo Leiva
sobre Gabriela Edelweis Arredondo Andrade. Sé que no corresponde demasiado
al pensar "correcto"; pero los intentos literarios nos dan estas licencias. Yo,
espero que la hija de Gabriela lo tomé como un claro y simple homenaje a
su madre.
|
Gabriela E. Arredondo Andrade
Militante del MIR, una hija, fue detenida el 19 de noviembre de 1974
en una casa vecina a su hogar, en Santiago, por agentes de la DINA,
quienes la llevaron al recinto secreto de detención y tortura de Villa Grimaldi.
Gabriela Arredondo era estudiante de francés, del Instituto Pedagógico de la
Universidad de Chile y había establecido una pareja estable con Abel Norman Tapia
Gamboa, padre de su hija, militante del MIR también, quien estuvo preso y salió del país
con pena de extrañamiento.
La afectada sabía que era buscada por los servicios de seguridad y se había
refugiado en una casa frente a su domicilio, desde donde fue detenida. La casa de sus familiares
había sido allanada por una patrulla de Militares.
Desde el día que Gabriela Arredondo desapareció, sus familiares la buscaron e hicieron
gestiones a diversos niveles, pero no la encontraron nunca más.
Iris Magaly Guzmán Uribe, una de las sobrevivientes del recinto de
torturas de la DINA llamado Villa Grimaldi,
en declaración jurada del 15 de noviembre de 1990,
señala que permaneció en ese centro de torturas en noviembre de
1974 junto a sus dos hijos y conviviente. Ella estuvo durante ocho días en
una pieza, con otras dos prisioneras. Declara que una de esas prisioneras
"era Gabriela Arredondo, militante del MIR, respecto de la cual no he vuelto
a tener noticias". En declaración del 24 de septiembre de 1975, la misma testigo había
declarado que había estado con la afectada en Villa Grimaldi y que había podido
hablar con ella. El 28 de noviembre fue el último día que la vio, ya que ese día,
la Sra. Iris Guzmán fue trasladada después de haber sido torturada durante ocho días,
al igual que sus hijos menores de edad. Según este testimonio, Gabriela Arredondo se
encontraba en buenas condiciones de salud hasta ese momento y le informó que había sido
detenida por agentes de la DINA.
La hija de la Sra. Guzmán, Marcela Virginia García Guzmán, que en 1974 tenía 15 años,
fue detenida junto a su madre en esa oportunidad. Después de ser torturada, Marcela García
fue conducida a un cuarto junto a su madre donde pudo reconocer entre otras detenidas a
Gabriela Arredondo, según lo sostuvo en declaración notarial de agosto de 1978.
GESTIONES JUDICIALES Y/O ADMINISTRATIVAS
El padre de Gabriela Arredondo era Juez del Crimen en la ciudad de Castro y,
al saber la detención de su hija, hizo numerosos viajes a Santiago, donde,
aprovechando sus conexiones con la Judicatura y con miembros de las Fuerzas
Armadas; realizó
múltiples gestiones extrajudiciales
para ubicar a su hija sin ningún éxito. Su fallecimiento, ocurrido el 24 de junio de 1976,
interrumpió dichas gestiones.
Gabriela Arredondo Andrade permanece en calidad de detenida desaparecida.
El 30 de enero de 1992 ante el 22° Juzgado del Crimen de Santiago se interpuso una querella por el secuestro de Gabriela Edelweiss Arredondo Andrade. La referida causa al 31 de diciembre de 1992 se encontraba en estado de sumario y con diligencias pendientes.
Enviado por Pablo Leiva
Si sabes algo más sobre él o los compañeros cuya historia leíste,
compártelo con nosotros enviándonos un
e-mail
para que así todos
podamos conocerlo.
Si sabes algo sobre cualquier otro compañero desaparecido o
asesinado por la dictadura, compártelo también con nosotros,
eso ayudará
a que jamás los olvidemos.
__________________________
|