Hace una semana llegó la niña. Escuché que va a habitarme sólo por unos meses. Es una muchacha bonita que, a pesar de su rostro que refleja transparencia, su mirada a veces se oscurece y se torna triste. Casi no vienen a visitarla y las llamadas que hace o recibe son breves y no las entiendo. Algunas veces sí, cuando habla más largo con alguien sobre algo que llama "de amor". Entonces su rostro parece iluminarse. He llegado a encariñarme con ella y creo que ella también se siente a gusto y protegida en esta lejana cabaña.
Sale poco y cuando lo hace, yo la quedo esperando. Sé cuando viene desde lejos, porque el viento trae su canto y parece que la alegría misma llegara entrelazada en su cabellera y en el movimiento ondulante de sus faldas. Trae flores silvestres que encuentra en el camino y me decora con ellas. Tiene muchos libros y cuando sale siempre trae algún paquete con uno nuevo que guarda en su baúl. Al anochecer sale a conversar con las estrellas y pasa horas por los patios hasta que el sonido del río le recuerda que es hora de dormir.
Hoy despertó más temprano que lo habitual. Una llamada de madrugada la hizo levantarse y después de sacar algunas cosas del baúl, partió con los ojos reflejando algo que yo no conocía y que me inquietó.
Es media tarde, escucho voces, gritos, órdenes. Se aproximan. ¿Qué pasa? Entran muchos hombres empiezan a desordenarlo todo. Abren el baúl y se lo llevan. Destrozan mis paredes a picotazos, me levantan las tablas del piso. ¡Armas!, Es lo que escucho que buscan. Yo no sé de qué hablan, ni siquiera sé muy bien qué es eso, pero por lo que veo nada encontraron, porque se marchan con las manos vacías y con la amargura que enturbia la mirada de los perros frustrados.
Quedo solo otra vez y la tarde se hace eterna. Algo más que mi aspecto a cambiado. No siento siquiera el sonido de las hojas que caen sobre el techo. Espero y espero. ¿A qué hora llegará?, ¿Qué irá a decir al encontrar su hogar y sus pertenencias en este estado?
Las horas siguen pasando, ya es de noche. El silencio es abruptamente interrumpido por el sonido de gritos y disparos a la entrada del condominio. No entiendo nada, pero presiento lo peor. El ajetreo afuera continúa toda la noche. Hay ruidos de sirenas, murmullos de personas. Vienen a fotografiarme una y otra vez me ciegan con sus flashes. Pero ella no llega, nunca llega.
Recién por la mañana me entero de todo, por los maestros que vienen a rehacerme: los mismos hombres que la estaban esperando le tendieron una emboscada. Ni siquiera le dieron tiempo de correr... ya no veré más su rostro iluminado, ya no volveré a escucharla cantar.
Ya pasó el invierno. La primavera me benefició con reparaciones. Me abrieron un ventanal que da al río, ahora tengo más luz. Aún así no vienen interesados a habitarme. Creo que todavía no se borra el recuerdo de lo que aquí pasó. Mis amigos los pájaros cantan afuera, los árboles están floreciendo. La echo tanto de menos. ¿No será que yo, inanimado refugio de hombres y mujeres, refugiando a la niña conocí también aquello que ella llamaba de amor?