Para Juan José, fui siempre una hermana, eso apenas, una hermana o una hija; él para mí era mucho más, esto es algo que reconozco, a pesar de que no alcanzamos a estar juntos mucho tiempo. Lo vine a conocer recién después de la operación retorno, cuando, convencidos de la legitimidad de la continuación de la lucha, nos enrolamos cada uno en el país donde nos había correspondido el destierro. Fue cuando lo encontré y la suerte quiso que llegara a considerarme su hermana, no debía aspirar a más.
Era bello ser su hermana. Su hermana o su hija, una nunca sabe; para nosotras es difícil diferenciar entre hermanos o padres cuando los compañeros son protectores, y Juan José lo era. El estaba siempre pendiente de mí, su hija o su hermana, mientras trabajábamos codo a codo, con frío y con lluvia, en lugares donde el tío Yayo, como le decían los niños que ahí vivían y cuyos padres nos facilitaban un rincón, lo hacía todo fácil con su sonrisa; la misma con que nos contagiaba y nos ayudaba a sacar adelante las cosas pequeñas cotidianas y los escollos que aparecían en las tareas importantes.
Hoy, después de quince años, me atrevo a reconocer otras cosas. La primera es que la bondad que irradiaba Juan José, no era de aquella impostora que brota en las navidades, ni tampoco de la que surge de ángeles y cielos, porque ésa que parece pura y blanca, resulta siempre atada a márgenes que lindan en la moralidad.
-Cocinemos "sopa de rocas" -nos decía, a la hora de almuerzo, sin abandonar la sonrisa de su rostro, y partía al patio con los chiquillos a recoger piedras, que él llamaba "rocas desarmadas", las cuales, tras lavarlas en el pilón del patio, echaba a la olla junto a unas pocas zanahorias y acelgas, y a algunas almejas que nos regalaban en el mercado de Puerto Montt. Eran ésas veces en que la sopa ordinaria de verduras, casi a lo único que podíamos aspirar por esos días, sabía de un modo diferente. "Esta sopa sabe a alegría", iba diciendo mientras la vertía con el cucharón para los niños, los cuales, aburridos de acelgas y más acelgas, con el elemento "roca" del tío Yayo, raspaban por turno los platos.
Es que el tío Yayo irradiaba alegría, y con esa misma alegría, reunía a los chiquillos en torno al fogón cuando habían apagones, y narraba entonces para ellos historias donde no faltaban tarántulas, tumbas vacías, ni aullidos de hombres-lobos, sobre todo el de "Caifás, el lobo montañez de la garra enmohecida". Eran cuentos de horror inventados por él mismo en el momento, pero que no asustaban a la audiencia. ¿Qué terror podían infundir
ante la sonrisa del narrador, ante su simpatía, ante la bondad protectora que iba irradiando por siempre?.
Sopa de rocas. "Sopa de alegría" habría sido mejor llamarla, o "Sopa de alegría del tío Yayo". Claro que al tío Yayo lo emboscaron. Lo emboscaron a él y a todo su grupo en Concepción, aunque él al menos logró romper el cerco y escapar de la ciudad. Desafortunadamente, por uno de esos callejones que dan al mercado de Valdivia, lo reencontraron y no se salvó a pesar de que el tío Yayo era de ésos capaces de enfrentar a regimientos.
Lo lloramos como a ninguno, todavía lo lloramos. Hay que reconocerlo: el tío Yayo era uno de esos tíos necesarios, narradores de cuentos de horror que a nadie aterrorizan, cocineros de sopas acelgas con gusto a rocas de perejil y cilantro. Un tío necesario que tuvo como pocos la oportunidad de defenderse y se pudo llevar a un perro del CNI con él, que a causa de emboscarlo, tomó camino hacia el infierno.
Un tío necesario, eso era el tío Yayo, pero lo que no he reconocido todavía, es que yo, que era para él una hija o una hermana, hoy confieso que si me hubiera siquiera insinuado o yo hubiera podido percibirle un atisbo de deseo, habría sido su compañera, no tengo por qué ocultarlo. Lo habría sido por el tiempo que él lo hubiese deseado. Conmigo nada de ataduras, nada de leyes ni obligaciones falsas. Y habría tenido un hijo suyo, cómo habría sido de bello haber tenido un hijo suyo; habría sido como estar con Juan José para siempre, aunque la lucha contra la dictadura me lo hubiera arrebatado para llevarlo por lugares donde ya no hubiéramos coincidido.
Un hijo suyo para siempre recordarlo... no hubiera sido mujer si eso no hubiera deseado, eso es lo que le pasa a una cuando la suerte la lleva a encontrarse con un tío necesario capaz de cocinar sopa de rocas. Si su compañera verdadera llegara a leer estas líneas, espero que me entienda y no vaya a molestarse por todo esto que por fin me atrevo a decir y confieso.
María Norambuena/Martín Faunes Amigo,
Valparaíso, noviembre 99'