Ayer, cuando me enteré de que me carearía con Cevallos, y sería además la primera,
me puse nerviosa. Pasar, además, de nuevo por tribunales y jueces (aunque esta vez no sean
brasileños y mi rol no era en el banquillo), igual me intranquilizaba.
Pero hoy llegó el día y, al verle la misma cara de siempre, sólo un poco más viejo,
los recuerdos y la rabia afloraron en mí.
Les puedo decir que sentí una especie de
satisfacción de enfrentarlo por fin, a pesar de la nausea que tambien me provocaba
su repugnante presencia.
Como todos los cobardes, como los otros de su casta que antes pasaron por lo mismo,
como una rata, no me dió la cara, nada reconoce, nada recuerda, dice que está enfermo.
No recuerda que me tomó presa en la calle, que me torturó, que me mantuvo vendada.
Ante tanta amnesia, pedí permiso a la magistrada para refrescarle la memoria y le dije:
¿Tampoco recuerdas cuando baleaste al Coño Molina, y me llevaste de noche al hospital para
torturarnos sicológicamente...? Me diste pocos minutos, dos
tres, lo suficiente para comprobar que el Coño había resistido
la operación y estaba bien; lo que corroboró el médico cuando lo interpelé en la puerta.
Pero el Coño estaba resuelto a no ceder.
Esa misma noche, 5 de diciembre, lo mataron y trataron de
cubrir el crimen diciendo que no resistió la operación. Yo sé, y se lo dije,
Cevallos es responsable. Yo no lo olvido, ninguno de nosotros lo olvida.
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