EL GUITARRISTA QUE SE ATREVIA A CANTAR

Para Horacio Caravantes Olivares ____
Martín Faunes Amigo

«Blackbird singing in the dead of night...»
John Lennon

«Towners» se iba a pique. El público nos castigaba con su indiferencia. Y no era porque imitáramos a «Los Shadows», el gran grupo inglés de rock instrumental que nos estremeció con «Sonambulismo» y «Te veré en mi batería». Por esos días cómo no tratar de imitarlos, casi todos lo hacíamos: un par de guitarras y nuestros tambores construidos por nosotros mismos. En realidad todos nuestros instrumentos los fabricábamos nosotros mismos, el drama era que con la irrupción de Los Beatles, los grupos de rock sin vocalistas estaban terminados, muertos. Reconozco que estábamos por debajo de «Startime» y de los «Jets Black», que dominaban en La Serena y en Coquimbo, pero eso era «antes de Los Beatles». «Después de Los Beatles» hasta los fonomímicos que hacían como que cantaban «Quiero tmar tu mano», tenían más éxito que nosotros; así que si no queríamos desarmarnos tendríamos que cantar. Y nosotros no cantábamos, no sabíamos, nos daba vergüenza; el caso es que el hermano de la Francia, nos trajo una posible solución, «mi primo, toca y canta, pruébenlo...»

Esa misma tarde partimos a buscarlo a una casona camino de El Faro; nos salió a recibir un muchacho de no más de catorce, cabello largo y crespo, que, con una guitarra roja hecha en la cárcel, nos cantó «She loves you». Lo incorporamos de inmediato. Tocaríamos en el gimnacio del Liceo, en el Teatro de la Escuela de Minas, en la propia «Bombonera»: ésa sería nuestra gran oportunidad. Desafortunadamente, por esos días me aceptaron en la universidad en Santiago y si bien alcanzamos a tocar en algunos pocos ensayos donde me atreví y le hice segundas voces, nuestro recital cumbre no se produjo jamás.

Tres años más tarde, partí a La Serena a contactar al primer grupo que se nos incorporaba, era septiembre del sesenta y nueve; recuerdo entre ellos a Agustín Martínez, a Federico Alvarez, al Coco Contreras, y a la propia Francia con quién me encontraría después tantas veces. Me invitaron a la toma de la sede local de la Universidad de Chile que coincidió con mi visita. Fue ahí esa noche que lo encontré de nuevo con su guitarra de la cárcel. Con ella y su canto aportaba combatividad a ese grupo lejano y tan hermoso. «Vengo a apoyar la toma, soy dirigente del Liceo y de la Unión Socialista Popular», dijo; y si bien fue cierto que discutimos algunos puntos de vista donde no coincidíamos, también lo fue que cantamos la noche entera en aquel castillo de la colina que era la Universidad en La Serena.

Cantamos y arreglamos el mundo, y casi al amanecer nos dormimos abrazados de unas compañeras valiosas, valientes y valiosas. La mañana nos robó la ensoñación en figura de estudiantes derechistas que venían a desalojarnos. Pero no lo consiguieron, la casa central sólo la devolvimos después del mediodía, tras una asamblea general donde el espíritu de la reforma quedaba arriba y muy en alto.

Por el setenta y uno, partí a tomar contacto con más gente del norte chico que se incorporaba al regional de la costa; el punto era la esquina norponiente de Plaza Brasil. No sabía de quién se trataba, todo se hacía con nombres supuestos. En este caso el compañero se llamaría «Pedro»; pero el tal Pedro resultó, nada menos, el guitarrista que se atrevía a cantar; ahí lo divisé en un escaño, su guitarra apoyada en el suelo lucía esta vez en una funda bien cuidada. «Ahora soy rojo y negro, compadre», dijo. Nos dimos un abrazo, después le entregué los barretines con las señas de las personas que tendría que contactar en el puerto. Hacia allá partió con su guitarra, su sonrisa y su cabello crespo largo, ya no volveríamos a encontrarnos.

Mucho después, sólo sabría que lo habían apresado y que habían apresado también a su compañera, la madre de sus hijas gemelas; y supe también que por alguna circunstancia extraña y sin explicación, había pasado por varias casas de horror donde, a pesar de los golpes sobre golpes, había cantado canciones que en esas mazmorras estaban prohibidas -de hecho ya el sólo cantar no podían permitirlo-, a pesar de eso muchos prisioneros lo habían escuchado: había cantado y había hecho incluso armonías a pesar de los cuatrocientos golpes. Quizá al escucharlo cantar, sus verdugos lo percibieron inquebrantable, y tal vez fue por eso que más y más se ensañaron.

Mucho me pesa no haberme echado esa última vez en plena Plaza Brasil un par de canciones de Los Beatles con Horacio Carabantes, el guitarrista que atrevía a cantar; habría preferido aquello de «blackbird singing in the dead of night...»



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