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Al mirar tu foto, Chechi: el pelo corto, con un collar de flores al cuello, tu blusa desabrochada y una mirada de coqueta por tus pestañas crespas, bien pintadas. No puedo sino ver un rostro feliz que refleja la alegría al llevar y de sentir palpitando la vida en tu vientre. Una vida por formar. Comenzaste a esperar impaciente que naciera y posaste contenta para eternizar ese instante; sabías que nunca ibas a ser tan hermosa como en ese momento.
La Chechi volvió corriendo, feliz mientras agitaba la hoja de calificaciones con un flamante siete y con voz firme exigió: "de premio quiero una bolsa de bolitas para ganarle al rucio".
Desde la casa en la Av. Argentina, ciudad de Valparaíso, se oye la campana que anuncia la salida de los escolares. El liceo queda cerca. Ya Con el almuerzo en la mesa, Olivia espera la llegada de sus pequeñas.
-Termina la sopa -ordena la madre. -Pero "la chuchara pesa" -replica la niña.
Olivia habla con cariño de la Chechi, recuerda aquella vez cuando regaló el uniforme escolar a mitad de año: "qué importa mamá si tú me puedes comprar otro". Así es ella, solidaria.
Conversando con tu madre, me entero que te conocían también como Daniela; militante y estudiante universitaria, que te sumabas a los cambios, que participas en la reforma: "educación y participación para todos", ésas fueron también tus consignas.
Así sé además que hiciste clases de francés y ayudantías en la U. de Chile, trabajas como Asistente Social en la Corvi. Alargando con tus acciones concretas el día, vives sin tregua, de un lado a otro, porque después, sin mini falda ni botas, colaboras con entusiasmo en el campamento Nueva la Habana. Allí ayudas en el conflicto que tienen los pobladores con el gobierno. Ellos piden que les cambien los ladrillos fiscales por el tipo princesa. Así organizados ejercen el "poder popular" e imparten en su escuela una educación sin contenidos capitalistas. Una mañana los pobladores decepcionados por la calidad del material llegan a protestar a La Moneda. Y ganan, construirían sus casas con ladrillos de los buenos.
Todo eso me lo cuenta tu madre, Chechi, y me cuenta también que la noche del doce de agosto del setenta y cuatro llegan a buscarte. Semanas atrás habías rechazado el asilo, porque la orden del partido fue categórica: " resistir junto al pueblo". Esa noche imborrable de la memoria de Olivia, que recuerda una y otra vez a tus captores: no titubea al decir que eran tres agentes: el más joven se veía notoriamente ebrio. Dijeron querer hablar "no más de media hora" sobre tu trabajo en la Corvi. Con valentía subiste a la camioneta acompañada de tu futuro pequeño o pequeña. A Olivia no la dejaron ir, se quedó para buscarte.
Después de aquella noche, tu madre solo sabe de ti por amigos que violentamente, igual que tú ven perturbada su vida. Sabe con exactitud que a los dos días de tú detención, vas con un civil a la casa del rucio, ahí lloras abrazada a su madre. El desconocido con fuerza te toma y te saca del lugar. Al mes, una anónima llamada avisa de tu ingreso al hospital para un control de embarazo. Pasas por Londres 38, más tarde te ven en "Cuatro Alamos". Allí te vio Olivia afirmada de un árbol, con cinco o seis meses de maternidad. Te hizo señas por la ventana, pero tú no la viste, distraída como estabas observándote tu vientre. Era octubre del '74.
Perpleja ante el relato de Olivia, veo en su mirada el dolor de años búsqueda. Añorando algún abrazo tuyo, tratando en tu búsqueda de comprender la locura de tu desaparición. Ella, tu madre que a pesar de la pena, el cansancio, insiste en la justicia, la cual desde un inicio te considero una detenida de ninguna parte, y eso mismo argumentaron para rechazar el recurso de amparo. No estás en ningún sitio, en ningún lugar. Nadie te encuentra. Por momentos todo se torna confuso para tu madre, porque las autoridades hablan de un invento. No estas detenida ni desaparecida y aquel niño o niña que se fue contigo, tampoco existe. Niegan su nacimiento. Pero Olivia, no decae, se suma a la marcha, al lado de otras madres que todavía están luchando y se reúnen en Manuel Rodríguez treinta y tres, y tiene prendida en su blusa para siempre tu foto, como un testimonio más de tú existencia.
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Aniversario de la desaparición de Cecilia
Pienso en ti ahora, como he pensado en ti desde entonces y he pensado en tantos otros.
Hablar de ti, es hablar de la generación libre, la generación crítica,
la generación creadora, la generación de
la reforma universitaria, de la reforma en nuestra carrera.
Es hablar de la efervescencia en los pasillos,
de las largas y acaloradas discusiones alrededor de un café.
Es hablar de esa inmensa energía que hacía girar nuestro universo.
Hablar de ti, Cecilia, es hablar de la consecuencia, de la honestidad y de la entrega.
Del amor a la vida poniendo en riesgo la propia integridad.
Tú lo sabías. No es posible ser instrumentos de mantención y acomodo a un sistema que
genera miseria, dependencia e indignidad. Es necesario rescatar al ser humano desde cada
ser humano, estimular su conciencia para que se transforme en el actor de su propia historia,
de su derecho a transformar y tranformarse.
Allí estaban esos valores profundos: la dignidad, la solidaridad, el amor.
Sí, el amor. Porque los jóvenes como tú desbordaban amor. Porque sin amor no hay entrega,
sin amor no es posible la maravillosa generosidad de entregar tiempo,
esfuerzo, y... la vida.
Estabas señalada. En tu frente grabaron el
estigma. Ellos vinieron a buscarte una primera
vez. Tú no imaginaste ... no huiste, no te
escondiste. Vinieron una segunda vez y te
llevaron.
Entonces Cecilia, los seudo-dioses te arrancaron de nosotros y pretendieron transformar
tu presencia en silencio. No pudieron. No podrán. Aunque ellos estén libres caminando
por las calles, enarbolando la impunidad. No podrán mientras algunos de nosotros te
recuerde luchando por ese mundo que tú soñaste.
Con amor,
Tu colega, Carmen Gloria.
Santiago, 12 de agosto de 1993.
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