Todo se terminó cuando detuvieron a Nicolás. La alegría, la tranquilidad, incluso el valor. Y tenía que sobreponerme: tenía que entregar cuanto antes las fotografías. Además, el lunes me esperaba un examen y sería el último, ¿Por qué, con un poco de suerte, no podría salir todavía adelante? De todos modos los contactos estaban alerta, había que andar con cautela, todos nos observaban, sólo quedaba esperar.
Desde la separación de mis padres, mi gran preocupación fue siempre mi mamá, tal vez por eso elegí el Servicio Social, para ayudar a las personas. "Me alegras la vida colorina", me decía ella dándome unas palmaditas en la espalda y riendo con sus ojos, salía a regar las plantas. Con eso yo estaba más que pagada.
Pero ahora todo era distinto y yo tenía que hacer como si nada pasara. Salí por eso a la oficina como un lunes cualquiera. Al entrar al edificio a eso de las ocho, un frío falso me recorrió por todas partes. Tuve que respirar profundo y conseguí tranquilizarme, aunque continuaba con el mal presentimiento. Desafortunadamente tenía razón, lo primero que vi al traspasar la puerta fue los papeles revueltos por el suelo, de hecho, algunos salín afuera por el pasillo. Los muebles estaban además en el más completo desroden, y desde atras de ellos surgieron los DINOS que me estaban esperando y que yo había presentido. Me tomaron a empujones y a empujones me sacaron también hasta la calle donde me subieron a un vehículo.
No sé cuanto tiempo pasó ni a donde me llevaron, me tiraron a una pieza fría donde había más personas, no pasó mucho rato antes de que una de ellas me hablara, "sácate la venda compañera, ya no la necesitas", escuché que una voz de mujer me decía. Una voz que deseaba calmarme y que a mí me parecía conocida. Al sacarme la venda me vi rodeada de una docena de compañeras en la misma situación mía, todas calladas y temerosas, y reconocí a la de la voz. Era Mónica, la profesora, tiempo atrás habíamos trabajamos juntas en el Tren de la Salud. La tomé de las manos y le sonreí.
Esa noche me enteré que esto es Villa Grimaldi, ellos me vienen a buscar a veces de día, a veces de noche, quieren que les dé información, incluso me llevaron hasta mi casa para retirar el equipo fotográfico y los archivos, no sé hasta donde llegará con todo esto, pero quizá lo que más me angustia es ver cómo las compañeras vuelven después de los interrogatorios o de las fiestas de fin de semana, donde abusan y somos usadas cómo vulgares objetos.
Nos trajeron agua, una botella para doce, y sus sobras, pero no tengo hambre, en realidad sólo terror y angustia por las compañeras que se van durante la noche sin saber si volverán, por sus hijos solos, sus compañeros desolados. Les contemplo en silencio sus rostros desencajados y temerosos.
Mónica consigue escobas y baldes para limpiar esta pocilga, hedionda y lúgubre, algunas barren y otras cantan, como si cantando lográramos olvidar las violaciones y las llagas en la piel. Aquí somos todas una familia, unidas y respetuosas, y nos consolamos cuando volvemos, con un jirón de alguna camisa y un poco de agua para aliviarnos el dolor.
A veces me llevan y me obligan a ver cómo Nicolás es vejado. Quizá lo hacen para que se me encoja más el alma, y les diga de una vez por todas lo que quieren escuchar y me pregunto ¿Hasta cuando?, ¿Hasta donde puede llegar la maldad? , Y al volver a la celda aterrorizada, sólo deseo dormir sin jamás despertar, ¡Cielos, ya no más por favor!
Hoy, mirando por el agujero que tenemos por ventana, vi los ojos de mi padre junto a la Luna, me sonreían con dulzura. Evoqué esas noches que sentada en sus rodillas me leía un cuento para dormir. Por qué no puedo estar allá ahora, con ellos, con mi mamá sonriendo porque el gato le enredaba su madeja de lana de aquel chaleco que tejía para mí.
Me vi entonces volando sobre el mar de no sé qué parte, todo era verde azulado, profundo y vivo, quería llegar al sol, sentía paz, mucha paz, a mí alrededor eran infinitas las palomas que como yo iba en la misma dirección. Un ruido ensordecedor me agitó y desperté con un sobresalto. No supe la hora, solo sé que estaba helado y el frío de cuando tomaron a Nicolás me recorría por la espalda.
"Llegaron compañeras", le dije a Mónica, pero sólo eran ellos, 2 o 3 a lo sumo, buscaban a María Teresa Bustillos Cereceda. Mónica pálida, me pasó el abrigo y me dijo, "lo vas a necesitar, colorina"; pero me lo puse sólo porque ella me obligaba a tomarlo. Me agaché para darle un beso y susurré a sus oídos "cuida a mi mamá, por favor"; entonces, recordando los ojos de papá por la ventana, me sacaron a empujones.