Berta me observa con sus ojos azules inmensos, mientras
me muestra las fotos que guarda donde aparece junto a su compañero Teobaldo.
«Son las únicas que me quedaron, a pesar de que él era fotógrafo», me cuenta,
«me las quitaron los que vinieron a llevárselo».
«A Teobaldo lo conocí cuando fui a hacer un reemplazo al Gabinete de Identificación. Claro que él era un muchacho muy serio al que después supe, le había costado mucho todo. Había empezado de junior pero logró ascender a detective. Claro que para el tiempo del que hablo, él ya era todo un policía y andaba acompañado de un compañero suyo muy buen mozo que hacía suspirar a mis amigas; pero no a mí,
a mí me gustó sólo él, él que parecía tan menudo, tan insignificante, él que cuando sacaba la voz se imponía: una voz gruesa que no parecía pertenecerle y que sólo usaba para decir cosas precisas».
Todo eso me cuenta Berta mientras reviso las fotos de cuando se casaron. «Decían que él era una amenaza para la institución, imagínese ‘una amenaza’, cuando él a esa institución la amaba. Había empezado en ella de niño de catorce lavándoles sus camionetas, y ahora lo despedían. Me cuenta entonces Berta que el verlo así desvalido sólo la hizo enamorarse más. Puso un laboratorio fotográfico donde llegaban decenas de muchachos a trabajar en su cuarto oscuro. Al principio, no me dejaba entrar ahí porque decía que era su deber compartimentarlo. Pero una noche no pude aguantar más y entré diciéndole que si no me dejaba ver, iba pensar que estaba en algo malo». «Entonces lo supe, él era el que documentaba todo para el movimiento». «Me convertí en su ayudante embarretinando esas micro tabletas que iban de mano en mano informando lo que se tenía que hacer y sobre todo, de qué había que cuidarse». «Claro que todo eso duró hasta que Romo con sus bestias nos llevaron al infierno».
Se queda en silencio Berta y en sus ojos se desata la llovizna. En los míos también hay llovizna mientras me vengo de vuelta y recuerdo a Sara Astica, mi prima, cuando nos contaba del detective mal herido que acariciaba sus cabellos después de las sesiones de tortura a que la sometían en José Domingo Cañas, ése que ahí tenían con su mujer, una niña de ojos azules, el mismo que ella a veces la Sarita confundía con un ángel.