No recuerdo el momento en que conocí a Marisa, ella, como todas las personas, los
lugares y las cosas que acompañaron mi infancia, simplemente estaba. Además nuestras
casas quedaban próximas, atravesando una calle podíamos encontrarnos. En
aquella época el tránsito no era problema para jugar, sólo había que tener
cuidado con la Liebre 20 que pasaba por Crescente Errázuriz.
Marisa vivía en República de Israel, en aquella época
Nueva Ñuñoa y para que
nunca olvidásemos el número o al revés para que recordáramos
mejor las
preguntas en las pruebas de historia, vivía en el 1541, "año del
descubrimiento".
Tampoco se puede olvidar el número del teléfono 44441. Así, desde el
inicio
Marisa nos dejó claro que habían claves para recordarla, que había
cómo
relacionar lo cotidiano con la historia.
Mis primeras imágenes son de una niña gordita, pequeña, con los ojos
negros
de almendra, el pelo largo y, sobre todo, una sonrisa expresiva que la
acompañará en todos sus momentos. No nos conocimos en la Parroquia San
Bruno, ella no iba allá, tampoco fue en el colegio de Don Roland, porque ella
no estudiaba allí tampoco. Se me ocurre que quizá pudo haber sido
en la botillería
que tenían mis padres en la casa donde vivíamos,
es probable que haya venido con su mamá
a comprar y ahí la vi por primera vez; pero no estoy segura.
Pudo haber sido también andando en bicicleta, nos dejaban ir
sólo por la vereda, dar
vueltas a la manzana y, quizás fue allí comenzamos a conocernos. Ella era un
año menor, tenía dos hermanos grandes y uno más pequeño.
Eramos todos parte de la vida del barrio, en el verano nos encontrábamos
jugabamos ping-pong en el patio de mi casa, largas partidas jugadas en
pareja, allí surgieron las primeras miradas, los primeros gestos de la
adolescencia. Nos paseábamos de una casa a otra: los mellizos, las
Lineros... recuerdo muchas tardes en que "te voy a dejar a tu casa" y de
vueltas "ahora te voy a dejar yo" y así caminábamos de una casa a otra sin
poder separarnos. ¿De qué hablábamos tanto?, ¿qué
nos hacía acercárnos? No
recuerdo, por aquella época debíamos estar por los trece o catorce años,
quizás menos.
No sé si por coincidencia o porque en aquella época habían menos opciones
para estudiar o, quizás, porque para los padres de clase media era una buena
alternativa, estudiábamos las dos en el Liceo 3, que quedaba en el centro;
es decir, lejos, porque había que tomar la Catedral 10 que pasaba por la
calle Salvador y pasaba sólo de vez en cuando, por lo tanto, no podíamos
perderla o sino llegábamos tarde a clases.
Ella iba en un curso inferior, porque era un año menor, por aquella época yo
debo haber estado en séptimo y tú en sexto básico. Muchas veces íbamos y
veníamos juntas, íbamos al externado; es decir, no se almorzaba en el liceo
y por tanto no había nada que pagar de modo que las del "externado" eran
catalogadas de manera "inferior" respecto a las del medio-pupilaje que sí
pagaban algo por el almuerzo. El externado quedaba en un hermoso
edificio -hoy declarado monumento nacional, pero increíblemente abandono -
de la calle San Martín.
Yo inicié la Enseñanza Media en el edificio de Manuel Rodríguez con la
Alameda, fui la primera generación de la reforma educativa del 68, aquella
que alargaba a ocho años la enseñanza básica. Tú también te trasladaste a
ese edificio. El primer signo externo de que eras especialmente inteligente
fue cuando entregaron los resultados de un sistema de medición de la calidad
del aprendizaje (Pert) en donde obtuviste el mejor puntaje de los octavos
años de todos los liceos: qué orgullo.
Cuando recién llegamos lo primero fue una lucha por la "fusión" del
externado con el medio-pupilaje, aunque éramos muy niñas, ya sabíamos que
esa era una forma de discriminación y nos propusimos pelear por la unidad
del Liceo. Fue el primer acercamiento al Centro de Alumnas. Hacia el 69, mi
hermana, era Presidenta del Liceo, le ganamos a Pamela, pero al poco tiempo
nos descubrimos pensando de la misma forma y de rivales pronto fuimos
aliadas.
En esos años mi hermana y yo entramos a la Juventud Estudiantil Católica, se
nos abrió el mundo, a través de los campamentos y jornadas fui conociendo
cosas que ni me imaginaba, en pocos meses las ideas bullían. Conocimos de la
teología de la liberación, iniciamos las primeras lecturas de Marx y el
evangelio iluminaba todas nuestras actuaciones. La acción-reflexión-acción
se hizo norma de vida, cada pequeño acto tenía un sentido de fé y de deseos
de transformación de un mundo injusto en el que debíamos construir el Reino
de Dios en la tierra. Llegaban noticias de otros países latinoamericanos y
luego llegaron amigos de la JEC provenientes de El Salvador o de Uruguay,
donde pasaban cosas terribles que ingenuamente pensábamos que jamás
ocurrirían en nuestro país.
Cada jecista debía formar un grupo en su Liceo, invitamos a Marisa a
participar, al poco tiempo ella era parte activa de todo lo que nos
proponíamos realizar. Ese fue el puente para conocer que existía una
Federación de Estudiantes en donde participaban todos los Liceos
secundarios, allí también supimos que existían los partidos políticos y que
en casi todos los Liceos habían socialistas, democratacristianos, comunistas
y también existía un movimiento nuevo que a nivel estudiantil se llamaba
FER. Los amigos de la JEC nos invitaron a conocer a otras personas del FER,
nos dieron charlas, allí conocimos, por ejemplo, a Clotario Blest con su
overol azul y su sencillez. Nos pasaron documentos, nos enseñaron que para
tener argumentos había que estudiar y leer, no bastaba con querer
transformar el mundo, debíamos tener una actitud ejemplar, ser buenos
alumnos y opinar, tener opinión en las clases, en los centros de alumnos con
los demás partidos políticos.
Por aquella época nos invitaron también a reuniones en la JDC, recuerdo una
vez que nos llevaron a las dos con Marisa a un edificio en la Alameda, nos
pasaron un documento y luego había que contestar unas preguntas, yo no
entendía mucho y me senté al lado de Marisa y copié todas las respuestas,
estaban todas bien. Después nos invitaron a otra reunión en el CEPEIP,
conocimos a Yungue y otras personas, recuerdo que la primera vez que fuimos
al teatro a ver "Joe eggs" fue contigo y con Guillermo. A pesar de los
esfuerzos no les resultó, porque a ninguna de las dos nos interesó entrar en
la JDC.
Recuerdo también que intentamos crear un grupo de estudiantes católicos de
Santiago Centro, allí participaban no sólo liceos sino también colegios
católicos, conocimos a gente como Sergio o a Victor Barrueto que hoy es
diputado. Salíamos con ellos, fueron nuestros primeros amigos de fiestas
lejos del barrio.
En la JEC nos hicieron ver que esta organización podía ser una especie de
paralelismo a la FESES, desistimos.
Nuestra participación en el Centro de Alumnas del Liceo fue creciendo, el
año 70 lanzamos la candidatura de Marisa como Presidenta, yo iba como
Secretaria General, Jacqueline era nuestra Secretaria y Marcia tesorera,
Paty tenía otro cargo... no recuerdo el nombre de las demás. Mi hermana y
Pamela eran nuestras apoderadas de lista, la lista A "lista de izquierda";
decir izquierda en ese Liceo y en esa época era un gesto de audacia.
Ganamos, ganamos por amplio márgen. Cada lunes en la mañana teníamos reunión
con las delegadas de cada curso, conseguimos con la dirección que nos
pasaran una sala, la pintamos la dejamos linda, recuerdo como discutimos el
color de las paredes y de la puerta. Era una sala que daba a un patio y nos
propusimos colocar música a la hora del recreo, generar espacios de
participación.
Salíamos a la calle, la primera vez fue a protestar contra el "imperialismo
yanki", llegamos hasta la embajada y, por primera vez, conocimos las bombas
lacrimógenas que en el Parque Forestal producían todo el ruído y todos los
efectos, conocí así otro miedo, supe de la inseguridad de salir a la calle.
A pesar de ello, continuamos porque siempre había una causa justa por la
cual protestar.
Un día cuatro de septiembre llegó la profesora de historia, Viola Marshall,
socialista y comprometida, en los pasillos me dijo: ¡"chiquilla Letelier"
hemos ganado, hemos ganado¡. La noche anterior habíamos estado hasta tarde
en la Alameda, todo era carnaval, allí estábamos con todos los amigos de la
JEC. Algo grande estaba sucediendo, pero al mismo tiempo surgieron los
problemas en las casas, en la tuya y en la mía, para los papás no era fácil
entender que estas hijas estuvieran contentas cuando, según ellos, no había
nada que celebrar y mucho que temer. Los conflictos por las salidas, por las
ideas, las negaciones de permiso, los desafíos y los problemas en las casas
se habían instalado como una situación permanente, hasta que la historia
señaló donde estaba el verdadero peligro y quienes serían los verdaderos
afectados.
Entramos de lleno a la participación, había que cambiar todo. Ibamos a los
trabajos voluntarios a las poblaciones, allí conocimos la pobreza en todas
sus dimensiones, la dificultad de vivir el día a día, se evidenciaron las
grandes diferencias y se pusieron como nunca nuestras contradicciones
"pequeño burguesa" en esaa época conocimos a compañeros de
otros liceos el
Aplicación, el Insitituto, el INBA. Hubo uno que te
llamó la atención,
Renato Sepúlveda Guajardo, fue amigo de ambas y después tu pololo
y marido.
Renato era muy inteligente, simpático, cariñoso... su vida era difícil sin
padre y madre y con varios hermanos pequeños, había logrado estudiar gracias
al cuidado de su tía periodista Lucía Sepúlveda, mujer a la que nunca conocí
pero que ahora de adulta, me produce una enorme admiración.
Por mi parte no tenía pololo, pero el primer chico que me gustó fue tu
hermano Hernán. Recuerdo el día que lo fuimos a dejar a la Escuela Naval,
sería el 69 o el 70 con orgullo tu padre, tu madre, tus hermanos y yo lo
fuimos a dejar a Valparaíso y participamos de la ceremonia inicial de los
cadetes. Después nos alejamos, no lo veo desde el 74, cuando
desapareciste...
Fue el 11, cada una estaba en lo que tenía que hacer. Dos años atrás yo
había entrado a la UTE y el 73 tu estabas en Economía en la Chile y Renato
en Medicina. Tu hermano pequeño, Sergio, también entró a la Escuela Naval.
Días difíciles para todos, muy difíciles. Retomamos una relación más
cotidiana, en diciembre del 73 tus padres consintieron que te casaras con
Renato, hicimos una boda rápida en el registro civil y después sin brindis
seguimos la vida... Había mucho que hacer. El MIR no se asila, el Mir
continúa luchando. Me echaron de la Universidad, a ti te cerraron la sede y
Renato continuó en medicina.
Los primeros días de diciembre del 74 las cosas estaban muy mal, se hablaba
de desaparecidos, de los amigos que caían... Una noche me llamaste: Queni,
Renato no llegó de la Universidad, ese mismo día por la tarde habíamos
estado en la casa de tu madre haciendo unos merengues, cocinando,
entreteniendonos de una manera recobradamente infantil.
Me voy de la casa me dijiste, puede que lo hayan detenido, buscamos donde
esconderte. Acudimos a una vieja amiga del Liceo, el padre de Loreley era
radical y entendió prestó ayuda por unos días. Loreley tenía un problema
grave en el riñon... a los pocos meses murió.
Después tuviste que salir de allí, nos encontramos en la calle y me dijiste
el partido me encontró un lugar donde estar. De Renato no sabíamos nada,
estaba detenido. Llegaron a la casa de tu madre, la DINA llegó a allanar...
Estaba Hernán, tu hermano, por pertenecer a la oficialidad de la Armada,
según tu madre, dialogó y a fé de él, los conveció de que Marisa
no estaba en casa.
Esa vez en la calle, paseando por los departamentos de Antonio Varas fue la
última vez que te ví, estabas muy delgada, muy preocupada, pero muy entera
Me diste consejos y nos despedimos.
Por esos días también me empezaron a buscar y me tuve que ir de la casa, ni
tú ni Renato me entregaron, llegaron a la casa a través de la UTE y gracias
a Mario que fue avisar que ya habían ido a detener a su hermana Hilda yo
logré escapar.
He podido reconstruir, en parte, lo que pasó contigo. Te llevaron a la Villa
Grimaldi, ahí también estaba Renato, los carearon y los torturaron en
presencia de ambos... Un día los llevaron a la torre y después los sacaron
de allí, no volvieron. Tenías 19 años y una vida entera por construir.
Marisa, te echo mucho de menos, cómo me gustaría encontrarte hoy, más viejas
y más maduras. Cuánto bien habrías hecho en este mundo, cuánto se ha perdido
nuestra sociedad con perderte y perder a tantos amigos.
Ese tiempo no tiene cronología, algo quedó estancado en medio de la miseria
humana, del odio más feroz, del horror... de sentimientos que no tienen
tiempo ni palabras.
María Joui de 19 años de edad, era casada. Militaba en el Movimiento de
Izquierda Revolucionaria (MIR) y había estudiado Economía en la Universidad de
Chile.
Fue detenida junto a su marido el día 20 de diciembre de 1975 en un departamento
del Centro de Santiago por miembros de la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA).
Fue vista en los recintos de detención conocidos como "La Venda Sexy" y "Villa Grimaldi",
desde donde desapareció.
El día 12 de diciembre de 1974 fue detenido en la Facultad de Medicina de la
Universidad de Chile el estudiante de esa facultad y militante del MIR Renato Alejandro
SEPULVEDA GUAJARDO.
El 20 de diciembre de 1974, en un departamento del centro de Santiago fue detenida su cónyuge María Isabel JOUI PETERSEN junto a Javier Alejandro ROSAS CONTADOR, ambos militantes del MIR, y otra persona que luego fue liberada.
Los tres detenidos fueron vistos por testigos en los recintos de la DINA Venda Sexy y Villa Grimaldi, y desaparecieron desde este último.
Si sabes algo más sobre él o los compañeros cuya historia leíste,
compártelo con nosotros enviándonos un
e-mail
para que así todos
podamos conocerlo.
Si sabes algo sobre cualquier otro compañero desaparecido o
asesinado por la dictadura, compártelo también con nosotros,
eso ayudará
a que jamás los olvidemos.