Lo conocí en el norte, en Coquimbo, y me es preciso destacar al hermoso ser humano que este
compañero era, una belleza que se denotaba entre otras cualidades en una que pudiera parecer contradictoria
con su espíritu revolucionario. Esa cualidad era la de la humildad.
Antonio trabajaba en una de las minas allá del norte y cuando bajaba a Coquimbo se quedaba
en mi casa; me sonreía con mucha humildad y se sentaba en el suelo en algún
rincón a leer. Leía mucho.
Cuando le ofrecíamos de comer, contestaba que nuestro alimento era mejor
que lo guardáramos para nuestros
hijos, porque a ellos les hacía más falta; no a él, que él mismo se lababa
su ropa , trataba de molestar lo menos posible, y era amable y respetuoso.
Yo lo quería como a un hermano, y nunca me podré reponer del dolor que me causó
el saber que lo habían matado mientras cubría la retirada de su grupo, el de Pascal Allende.
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