"Nos encontraremos a través de la niebla que despejaremos".
No me olvides. Fue, tal vez, su última carta. Su último grito. Su
último sollozo. Desde entonces, en ninguna parte. A través de la niebla, su voz, su rostro de entonces, las manos largas y blancas –su argolla lustrosa de recién casada-, ojos de miel. Muriel en el marco de la ventana cantando. Afuera el muro y los alambres de púas. Muriel en la tarde, cantando, cantando…"puedes matarme si quieres…mi amor no lo matarás…" Angel Parra, Los Quilapayún, olvidados versos de Neruda en los oídos y en el pasillo los pies arrastrando cadenas. Gemidos. Ordenes. Gritos desgarrados. Las cadenas otra vez en los oídos y en las venas el pánico. El terror que paraliza. El miedo que corta como cuchillo, que chorrea por las paredes, que irrumpe por el suelo, que salta desde los camarotes de fierro. El terror del vacío, por todas partes oscuridad. Y las garras.
Fue lo primero que vi al caer la venda. Su abrazo el primero. Toda su alma en los labios. Palabras de aliento. Dulzura por fin.
"Mi nombre es Muriel, es un nombre raro" y se rió. Como una niña traviesa. Sus brazos abiertos. Una gringa pensé. "Sabes que aquí estás porque ya no existimos" y luego, todo a un tiempo, cada una su historia. Yo caminaba por la calle y me subieron en un auto oscuro. Yo iba al colegio; dos ojos enormes sin expresión ninguna, liceana, la Sandra. La Blanca, canosa y cansada; su nuera Virginia con diecisiete años, preñada. Yo soy la madre de fulano, yo de mengano, mi hermano está más allá, en otra celda cuando nos sacan al baño me deja la camisa, por eso lo sé. A mi me colgaron de los brazos, a mi la parrilla, a mi desnuda, a mi me, a mi me, el carrusel del horror como un vértigo y una sensación incontenible de nausea. De vómito inmenso. De huida. Huir. Huir.
Días y días muertos, el tarro por si se aguantaba hasta la hora del baño, dos veces cada veinte horas. El día, la noche, el día, los recuerdos, y los castillos de arena. En el aire. Muriel volvería al sur donde había alfabetizado mapuches, tendría su casita de madera en los bosques de mañíos y araucarias. Los niños tendrían nombres de héroes, de mártires, de los que habían caído soñando. También escribiría un libro y canciones. Poemas para su hombre. Juan Miguel, detenido en la Academia de Guerra. Juan Miguel, el amor y su padre, tan lejos allá en Punta Arenas.
Entonces hicimos un pacto. Al cabo de muchos años nos encontraríamos. Buscamos una fecha remota: el año 1977. Para entonces todo el horror habría pasado. Sería como antes. Como siempre. Nuestra vidas, la infancia. Viví la fecha en una calle nevada de Europa. Sentada en la cuneta, las lloré a todas y a cada una.
A algunas me las fui encontrando por angostos senderos, en países remotos donde habían ido a dar después de la explosión, con sus trozos. A otras NUNCA MAS. María Elena González, la profesora de Chillán, la del hermano de nombre galo. La que sabía de cocina chilena y empanadas y todo lo medía en platos hondos. Que gracia. Los dos hermanos modestos, generosos, campechanos. Me tuvieron treinta y seis horas en la parrilla, me dijo impertérrita y yo repetí como el eco, treinta y seis.
Los padres, tan viejitos de pronto, llorando como niños, cogidos de las manos. "Los chiquillos, señorita, si usted sabe dónde están, por favor díganos qué hacer, a quién recurrir señorita"… Los dos ahí frente a mí, tan impotentes, tan vulnerables, tan quietos. "Los educamos con tanto esfuerzo, somos gente humilde, sabe". "Ellos son profesionales, los dos, aún no cumplen los 25. Ayúdenos por favor".
Y ella, Muriel, mi amiga, mi hermana, mi aliento, compañera de la esperanza. Su esperanza, la mía, la de tantos que soñamos la esperanza. Cómo decirle ahora que han pasado casi dos décadas cuando la arrastré esa mañana por el pasillo que parecía no tener fin, que estoy aquí. Cuando con todas mis fuerzas no podía con su cuerpo y mi chaleco blanco que le gustó tanto que se lo regalé. Muriel, cómo decirle hoy, a ella con su chaquetoncito rojo y su pelo tan turbia, tan pálida, tan valiente, tan niña cerrando la puerta.
Llevada por él, por él y su equipo. Osvaldo Romo, el GUATÓN"
y su equipo. Era el 15 de septiembre de 1974, víspera de Fiestas Patrias, la patria
amenazada por nosotras, por vosotros y allí los salvadores, los gallardos penachos al viento, los hombres todos a uno a su voz, su poder infinito. Su risa todavía en mis oídos y sus palabras todavía pegadas a mis dedos, a mi alma. "Ya Muriel, a ti te toca, vamos andando, Rucia, apúrate que te están esperando…
Su risa, su carcajada. Tus ojos, tus manos, tu vida larga y plena, tu amor,
tus sueños.
Nos encontraremos a través de la niebla que despejaremos. Por favor no
me olvides.