El ciclista,
nuestro jefe, se oponía a las reuniones sábados o domingos,
"yo corro en las mañanas de los sábados y los domingos", decía, "mi vida
no se concibe si no es pedaleando". Por desgracia para él, eran sábados y
domingos las veces en que todo el resto estaba con más tiempo y mejores
posibilidades de trabajo.
Pero el ciclista "que no", y nosotros "que sí". La mayoría de las veces
terminaba convenciéndonos, pero cuando ganábamos nosotros, el ciclista se
atrasaba. No eran grandes atrasos pero, mala cosa, un jefe de unidad no
puede atrasarse. Sin embargo él se atrasaba y nosotros, a su llegada lo
teníamos que amonestar. El se disculpaba diciendo que nos había advertido
claramente que para él los sábados y domingos eran complicados. "No
podemos andar todos a tu pinta", replicábamos con tiras y aflojes, para
allá y para acá, pero la pelotera terminaba siempre fugaz como había
empezado, para dedicarnos entonces a tareas más productivas. No nos
olvidábamos que la guerra sería entre Davides que enfrentarían a Goliats, y
para hacerlo
necesitaríamos mucho más que boleadoras: el pueblo en armas contra las
fuerzas reaccionarias que nos darían un golpe, en un año o en dos, tarea de
Davides, tarea de Titanes.
Hubo eso sí, una oportunidad en que lo perdonamos de inmediato: el ciclista
entró tarde como de costumbre y así también como de costumbre, entró su
bicicleta de pista al local, esa vez con un poco mayor de dificultad,
porque traía también un paquete en papel de regalo que lo obligaba a
maniobrar la bicicleta con un solo brazo. "Gané queridos compañeros",
dijo, "sentí la campanada anunciando premio en la tercera, y yo que ya
sabía cuál era el premio en la tercera, aceleré y aceleré, y aguanté
pedaleando, y vean lo que gané para mi hermana que está de cumpleaños".
Eso dijo, abriendo el paquete con cuidado y sacando de él dos pequeñas pero
maravillosas botas de cuero oscuro, como para una niña de doce o trece
años. Yo que no sabía cómo se llamaba el ciclista y no tenía por qué
saberlo, como él no sabía ni tenía que saber tampoco cuál mío; mucho menos sabía dónde vivía ni cómo era su hermana; digo y
repito que lo habría dado todo para haber podido ver la cara de esa
muchacha abriendo el regalo de su hermano, en su cumpleaños.
En 1989, muchos años después, yo que lo conocía sólo por su nombre
supuesto, me encuentro a boca de jarro con un retrato suyo puesto en un
pizarrón del Manuel de Salas donde le rendían homenaje; supe entonces su
nombre verdadero; y conocí por fin a su hermana y le conté de sus botas, e
imagino que su expresión de aquel cumpleaños lejano, debió ser como esa vez
que recibió las botas de su hermano con los ojos bailando. Es la más
pequeña de las dos, que aparecen en la foto: hermanas del Negro sentadas en
las graderías del velódromo, viéndolo correr a él y a Tormen en el
Nacional, en alguno de esos sábados del pasado que la dictadura con su
egoísmo truncó.
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Tercero de la izquierda
Sergio T., premiado en la subida a Portillo de la foto.
Al centro Henriqueta, hermana de Lucho G., junto a
su papá, quien
"contagió de ciclismo" a la familia Guajardo.
Al negro lo machacaron unas ruedas un año antes, él escogió esas ruedas para destrozarse las mandíbulas que así no hablarían de más. Y las ruedas lo hundieron bajo el cemento, y el Negro se hizo estatua, caminamos sobre él, quedó perfecto, no pudo perder en el panamericano, no pudo equivocarse en su Partido, es un ser fijo que ni divorciarse de esta Escuela puede: Nadie lo vio salir de la escuela, del país, de este mundo, sus mandíbulas encementadas callarían otros nombres, los nombres de los que nos hemos ido equivocando, envejeciendo, imperfectos como siempre ha sido y tiene que ser.
Y se abrirán las anchas alamedas, y se abrirán las calles y sus piedras y se abrirán las calaveras y en las mandíbulas del Negro descubrirás tu nombre, ausente ya de todo terror.
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