CIRCULO SECRETO
A Dalva Apablaza, mi primera amiga
-sepa Dios por qué caminos perdidos andará hoy volando-
Orietta Fuenzalida
UNA VEZ A LA SEMANA, sin necesidad de avisos o de acuerdos, nos juntamos en el segundo recreo. Avanzamos por el patio volando con los delantales al viento, formamos un círculo y nos escondemos en el pasto silvestre que cubre nuestra presencia diminuta.
Nadie habla de comienzo, sólo nos miramos a los ojos, quietamente, hasta estar seguras que nadie ha cambiado, que somos las mismas de la vez anterior, que somos blancas y transparentes, almidonadas, incluso las más morenas.
En cierta ocasión se filtró una, pero la captamos enseguida, no sólo porque no pudo elevarse para llegar hasta aquí, sino porque cuando la miramos, ella bajó la vista y descubrimos que llevaba una máscara.
Entonces prorrumpimos en gestos y voces comunes, se contaron chistes, se comentaron tonterías y se habló de muchachos.
Cuando sonó la campana todas retornamos caminando con los pies en la tierra. Pero normalmente tomamos buenos resguardos, así que DESDE hace tiempo que no se nos filtran extrañas. Sólo nosotras, las cinco.
Claro que un día una no llegó a la cita. Las cuatro restantes nos volvimos a mirar y vimos a través de los húmedos cristales de todas, la partida abrupta del padre, en la madrugada, sacado a la fuerza por un grupo de hombres enmascarados; el rostro de la madre ahogado por la impotencia; y nuestra amiga paralizada dentro de su pijama de moletón rosado, con su osito de peluche en la mano terminando de ser niña.
Después de eso decidimos saltar los barrotes de la escuela e ir tras la búsqueda de ese padre. Así que volamos por encima de las casas y edificios más grises y ruines de la ciudad.
Era corto el tiempo de recreo y debíamos regresar antes que advirtieran nuestra ausencia. Por eso, después optamos por utilizar todos los recreos en esa búsqueda y ya nos olvidamos de jugar.
Así sucedió que una tarde, conducidas por un gorrión de color gris y pardo, llegamos a un lugar al otro lado de un canal de regadío que bajaba frente a un campanario.
Allí encontramos a hombres y mujeres desnudos, mitad vivos-mitad muertos, a quienes tenían encerrados en piezas-cajones que sólo tenían puertas de salida hacia el cielo.
También vimos a algunos de los mismos que se llevaron al padre de nuestra amiga, muy bien vestidos, pero carentes de alma.
De pronto, una de nosotras divisó a un hombre que tenía los ojos como nuestra amiga, y que colgaba de las manos de un arco de metal, mientras dibujaba en el aire un movimiento pendular leve.
No pudimos descolgarlo porque dos enmascarados que le hablaban fuerte con preguntas, querían arrancarle algo que él tenía dentro de sí mismo.
Sin embargo, el hombre que colgaba nada les dijo, no emitió ni siquiera sonidos.
Nada pudimos hacer por el padre de nuestra amiga,
sólo recordar su rostro en suspención por los siglos de los siglos.
Así pasó un año completo y vinieron las vacaciones, y entonces un nuevo año en la escuela. Pero en marzo nuestra amiga no volvió.
Que se había ido a un país lejano, nos dijeron. Ahora, en un curso superior, sólo somos cuatro.
En la última reunión que tuvimos hicimos una promesa: hablar para siempre de él, y a ella esperarla hasta que volviera.
Ojalá podamos algún día romper este círculo de palabras y lanzarlas al aire tras estos barrotes, para que las oigan aquellos transeúntes que pasan por fuera de la Escuela y miran a las niñas que inocentemente juegan a ser cándidas palomas.