los deseos y las luchas de
varias generaciones de disconformes y rebeldes, de combatientes y
constructores de futuro.
Están presentes los vivos y los muertos. Los que prosiguieron las luchas
en contra de la dictadura, los que hoy construyen y buscan, y aquellos
que trascendieron el tiempo y el espacio y viven en la memoria popular
para renacer en las luchas venideras.
En estos días, en estas jornadas de conmemoración, nosotros nos hemos
sorprendidos con nosotros mismos, nos hemos encontrado para dialogar,
reflexionar y rendir tributo a los nuestros.
El sábado 5 de octubre de 1974, poco pasada la una de la tarde, caía en
combate Miguel Enríquez, Secretario General del Movimiento de Izquierda
Revolucionaria MIR, que junto a otros, un 15 de agosto de 1965, en una
casa de calle San Francisco, habían fundado una organización, que
pretendía hacer presente y determinante en la sociedad chilena a los
excluidos, a los trabajadores y trabajadoras del campo y la ciudad; a
aquellos que venían forjando con su trabajo las riquezas y con sus
vidas, la cultura popular.
El MIR, ponía en el centro de su alma la lucha política de clases, la
alteración de las relaciones de poder a favor de los oprimidos. No se
limitaba a lo que se pudiera conseguir desde los parlamentos, aunque
esto, sin lugar a dudas era importante. La pasión era por transformar la
sociedad, pero también la vida cotidiana. En sus entramados convivían
obreros e intelectuales, campesinos y mapuches, pobladores y
estudiantes. Esta excepcional alianza era germen de una fuerza social
revolucionaria; en el centro de sus pretensiones habitaba la
construcción del poder popular en barrios, fábricas y universidades.
Hoy confluyen en este espacio que no es sólo físico, sino biográfico,
histórico, ético y político, los afanes de varias generaciones de
disconformes y rebeldes luchadores que pusieron el cuerpo en el más
brutal período histórico de la sociedad chilena. Esperemos que esto no
sea sólo un episodio, sino un momento más en el complejo proceso de
reagrupar a quienes todavía tenemos la fuerza para trasformar esta
sociedad que no quisimos, y que se forjó aniquilando, desapareciendo,
torturando, exiliando fuera y dentro de Chile, a lo mejor de una
generación.
Miguel Enríquez, médico cirujano, dejó el ejercicio de la medicina para
asumir en plenitud la condición humana de ser revolucionario, acto
desmesurado para quienes han gobernado el país en la última década desde
los espacios oligárquicos del poder, pero acto de dignidad ejemplar para
quienes siguen produciendo riqueza con sus cuerpos mientras permanecen
silenciados políticamente. La historia del mirismo chileno no es sólo un
hecho pretérito o pasado, es la saga de la historia futura. La tristeza,
el dolor y especialmente las experiencias deben acumularse como saber y
conocimiento de los revolucionarios.
El MIR luchó desde su nacimiento por la vida, por la alegría y la
plenitud humana, por un orden social donde cada cual diera el máximo de
sí mismo y expandiera sus capacidades de todo tipo. Porque la realidad
la tejen las personas y por ello la sociedad puede ser transformada.
En estos días de diálogo y reconstrucción en la memoria histórica, se ha
puesto en evidencia que la cultura mirista subsiste como proceso
emancipador, como ímpetu libertario, como silencioso contra-poder que se
opone a una sociedad que se funda en el lucro insaciable y en la
competencia despiadada de todos contra todos.
En el Chile de todos los territorios geográficos y sociales, en la pampa
y las ciudades, en la cordillera y los valles, en los archipiélagos y en
los pequeños poblados hay millones de mujeres y hombres que aspiran a
una vida digna y relaciones humanas de afectividad y cooperación. Debajo
del Chile de las oligarquías políticas y económicas está el país
profundo que no se siente representado en la política oficial ni en los
simulacros de informaciones que los dueños de la prensa transmiten con
machacona insistencia todos los días.
En estos días se han enlazado complejas y amplias experiencias que
forjaron la teoría y práctica del MIR. En estos días se han imbricado
las memorias del MIR histórico de los sesenta y los setenta, el MIR del
tiempo de la dictadura, el MIR de las grandes protestas y de las luchas
clandestinas, de los que constituyeron la retaguardia exterior de la
resistencia chilena y de quienes lucharon en otras tierras por los
mismos deseos de justicia y solidaridad humana. Todas estas luchas y
experiencias, que más allá de los aciertos y errores, nos señalan que
los miristas nos jugamos por la vida y las reivindicamos porque son
expresión de la dignidad de un pueblo que escribió paginas heroicas de
la Resistencia Popular a la dictadura.
También es imperativo recordar el rol jugado por compañeras, madres,
abuelas, hijos e hijas de los miristas caídos en combate y de los
detenidos desaparecidos. Ellas fueron las primeras en retomar la
iniciativa de la lucha desde el mismo 11 de septiembre de 1973 y no han
cejado hasta hoy, a todas ellas rendimos homenaje y declaramos nuestra
admiración.
El MIR constituyó desde los 60, la más alta expresión del pensamiento
crítico y autónomo de las clases populares y del pensamiento contra el
sistema. El MIR no se inventó, emergió como voluntad y conciencia a
partir de la profunda crisis que vivía la sociedad chilena desde la
década del ’50 y que no cesó de agudizarse con el correr de los años.
La historia hoy nos muestra que Miguel no caminó sólo, que la cultura
mirista no ha quedado sepultada bajo las apariencias del milagro
político y económico chileno.
En el Chile que se aproxima al II Centenario es decisivo que el conjunto
del pueblo con sus lenguajes, sus historias, sus demandas y utopías, sus
luchas por la esperanza, construyan una nueva identidad política en la
que confluyan mujeres y hombres honestos y luchadores, agrupamientos
orgánicos, nuevas expresiones culturales, corrientes y colectivos. Puede
parecer difícil, pero las historias libertarias de la humanidad las
hacen personas como nosotros; con miedos, dolores, fuerza y dignidad, y
enlazando todas nuestras experiencias y valentías construiremos
conciencia colectiva para señalar una vez más que no nos resignamos como
revolucionarios a que este sea el mejor Chile posible, no sólo porque
no lo es, sino porque tenemos la fuerza, como la tuvo Miguel, para decir
que ya es hora de dejar el dolor y la recriminación y comenzar a forjar
el país de todo el pueblo de Chile.
Va siendo hora que rompamos con los cercos y trampas del aislamiento y
nos conectemos con todos los proceso de reconstrucción social y política
del pueblo de Chile, en fábricas, universidades, campos y ciudades y lo
hagamos con alegría, confianza e inteligencia. Tenemos que ser capaces
de reconocer la diversidad, pero reconocer también que la fragmentación
del campo popular sirve a los poderosos.
En el mundo de hoy, más que nunca en su historia, habemos seres humanos
disconformes, rebeldes y a quienes nos repugna este orden mundial
repleto de exclusión, guerras y genocidios. Preparémonos para aportar a
las nuevas construcciones anticapitalistas, acumulemos los saberes de
los nuevos movimientos insurgentes latinoamericanos y retomemos el
placer y la fuerza de transformar al mundo para hacerlo un lugar
habitable para todos los seres humanos.
Atrevámonos a reinventar las formas de organización política y de
acción, abrámonos hacia nuevos temas; los de género, medio ambiente,
nuevas formas y expresiones culturales de resistencia, sin perder de
nuestra atención el hecho irrefutable que las clases sociales existen y
luchan.
Ensanchemos la democracia mucho más allá de los límites del orden
restrictivo actual, generemos debates, discusión y luchas en todo lugar
y en todo momento. De esta forma, ese cinco de octubre de 1974 no será
jamás el inicio de un largo duelo, sino el primer instante de un
reconocimiento fructífero y potente del ejemplo de un joven Miguel
Enríquez que vio más lejos y más amplio, legándonos un sentido distinto
de vida.
El mirismo es hoy una cultura, una forma de ser y estar en el mundo. No
se trata de repetir lo del pasado por más trascendente que haya sido,
sino de aportar con ese caudal a nuevas y mejores experiencias y
procesos políticos revolucionarios.
Atrevámonos a levantar la voz y la mirada. Atrevámonos a ponernos en
movimiento, y especialmente atrevámonos a ser dignos y felices, porque
pese a todo, nosotros, los luchadores de ayer y de hoy estamos vivos
entre tantos muertos y desaparecidos, nuestra lucha seguirá fuerte,
asumiendo nuevas formas y estrategias. Sólo así haremos justicia a los
que cayeron, a los que dejaron su existencia como contribución indeleble
a la lucha por una sociedad mejor, más justa; más humana, más libre, más
plena.