Unos días después que lo detuvieran, Pepe me envió
su último mensaje. "Díganle que no haga nada, que nada se puede hacer,
que la amo y que lo único que le pido es que guíe al niño por el buen
camino". ¿Qué estaría viviendo que le hizo tener
conciencia tan clara de su futuro? ¿Cómo, en tan pocos días, sabía
que ya no podría ver crecer a su hijo?,
¿que no podría estar nunca más con nosotros?
¿Quién era mi Pepe, o "Moisés" o "El Cura chico" o simplemente "El Pelao",
conocido de muchos en Renca, Quilicura, Pudahuel, Quinta Normal, Cerro Navia?,
conocido por su seriedad, por su madurez, por sus dotes de líder, por su
compromiso con las luchas de su pueblo, por su incansable trabajo partidario.
Militante del MIR, veintidós años recién cumplidos, dirigente innato,
profundamente cristiano, estudiante de ingeniería de la Universidad Técnica,
amado compañero, padre de un hermoso niño de sólo siete meses, incondicional de su madre,
el segundo de siete hermanos y que asumió desde pequeño responsabilidades de padre en
su hogar y también de manera prematura, de dirección en su partido.
Nos conocimos en el Cerro Renca, arriba en plena cumbre.
Una preciosa silueta recortada
contra la montaña, ése era él.
No podré olvidar esa primera vez,
cuando lo vi con su chupalla en la cabeza, apuntando con una escopeta de dos cañones.
Me sonrió y nos hicimos amigos.
Después nos encontramos en varias reuniones y siempre el verlo me produjo una enorme alegría.
Ambos teníamos
dieciocho, ambos ya militábamos en el MIR. Un año después nos correspondió militar juntos,
sin embargo, para sorpresa de nuestros compañeros y la mía propia,
la amistad se transformó en disgustos, peleas constantes, diferencias que yo misma y todos
creían irreconciliables. Pese a eso durante el año setenta y dos, me sorprendí yo misma:
terminamos pololeando; tal parece que era la única manera de que resolviéramos nuestras
diferencias y con eso los sorprendimos a todos lógicamente.
Siete meses después nació José Manuel,
quién se hizo de rogar un poquito y se tardó cuatro meses en gestarse
nos casamos y quisimos "encargar" de inmediato a José Manuel, quién se hizo
de rogar un poquito y se tardó cuatro meses en gestarse. Pepe se desesperaba más por cada
minuto, quería que naciera, quería tenerlo en sus brazos, quería vivirlo y sentía que el
tiempo se acortaba. Desde el día que nació, le fue difícil separarse de él, tanto así que
en más de una oportunidad lo llevó a alguna reunión clandestina. Es que vivíamos luchando
contra el tiempo que rápidamente se nos adelantaba. Queríamos vivirlo todo en pocos meses,
le estábamos robando tiempo al tiempo, él mucho más que yo; quizás intuía
lo que vendía por delante.
Le gustaba la música de Inti Illimani, Víctor Jara, Quilapayún. Sentaba a
José Manuel en un sillón y con un bongó entre las rodillas le cantaba ésas canciones
que amaba tanto.
¿Cómo amaba Pepe? Con pasión, con ternura, con inocencia. Hombre joven de mirada
cristalina con su pelo lacio contra el viento, su sonrisa siempre tan fácil, sus manos
cálidas protectoras. ¿Qué fue de ti que no volvimos a verte? ¿Dónde te llevaron tus cobardes
enemigos? Voces anónimas atestiguan de tu fuerza inquebrantable que conmovió hasta los
cimientos de esa casa de torturas y sirvió de apoyo a muchos en la dura lucha por
sobrevivir en los infiernos.
Nunca volvimos a verte Pepe, pero quiero que sepas que puedes estar tranquilo, tu hijo ya
se hizo hombre, tiene tu hermosa sonrisa y al igual que tú, es un hombre bueno. Por mi parte,
tenlo por seguro, finalizaré mis días con tu fotografía en el pecho exigiendo la verdad y
que se haga justicia.
JOSÉ MANUEL RAMIREZ ROSALES fue secuestrado desde su domicilio el 27 de julio de 1974,
en horas del toque de queda, por agentes de la DINA encabezados por Osvaldo Romo Mena