La de cosas que diré cuando pueda hablar nuevamente. En esa noche negra les dije de todo, hasta que uno de los proyectiles me impidió sacar la voz. Mis insultos se quedaron flotando en el fondo de la quebrada. Soledad es lo que más sentí. En el trayecto, en la espera, en la ejecución. Y también antes, cuando me llevaban esposado a la cárcel de Tocopilla, y yo el iluso creía que se trataba de una equivocación y que todo se iba a arreglar. Es que yo no tenía de qué ser acusado, por más que buscaba en las capas geológicas de mi conciencia. En ese momento me sabía un hombre hecho y derecho, a mis veinticinco años. Pero, ahora que miro desde arriba lo veo todo distinto: era un niño que apenas se empinaba.
-Ciudadano Segundo Flores –llamó el guardia. Sentí que me decía ciudadano de segunda clase. Y eso es lo que estaba siendo. De mala gana acudí al llamado, sin imaginarme lo que seguía. Solamente el padre José me llamaba por mi nombre, Norton. Era el capellán de la prisión y trataba de inculcarme una resignación que jamás podrá entrar en mí. Me decía que me arrepintiera de mis pecados. Nunca comprendí mucho su manera de darnos ánimo. Cuando de niño jugaba con soldados de plomo, no imaginé que podían pasar estas cosas y que con el plomo de los soldados me mandarían al otro mundo. Algún día despertaré de este largo sueño, bañado en sudor; aunque no todo es pesadilla, sueño también cosas bellas que miro desde otra perspectiva, y me doy cuenta de que lo que yo había venido a hacer a esta tierra, alguien lo está haciendo por mí, generosamente, a cambio de nada. Y pensar que mi vida fue derramada para lograr el detestable objetivo del tirano, de someter a su propia gente, llenándola de miedo, y endurecer a los que estaban siendo demasiado humanos.
Vuelvo a la encrucijada. A ese instante que fue un final y un principio, en que mi vida se vio obligada a tomar el camino más lejano. Vuelvo a ese momento oscuro de luna menguante y ráfagas cobardes, y me pregunto cómo sería todo hoy si el resultado del sorteo hubiera sido otro y yo no hubiera sido de esa partida. Habría sobrevivido a la masacre, y después de años de encierro y sufrimiento hubiera podido salir a la calle. No a mis amadas calles de Antofagasta, Tocopilla o María Elena, sino a las calles de Europa, hablando en lenguajes extraños y criando hijos extranjeros. Hoy estaría de vuelta tratando de reconocer mi lugar, que ya no estaría en ninguna parte. No parece mucho lo que me estoy perdiendo. Pero, es mucho más que eso. Es el contacto corporal. Me han privado de muchos abrazos y besos que yo habría tenido. Los han postergado para otra ocasión de un futuro que no conozco.
Al clamar justicia no estoy pidiendo volver a la vida, sino al prestigio que me gané limpiamente, trabajando codo a codo con los mineros. Sí. Aún puedo recuperar mi dignidad, pisoteada esa noche en la quebrada cuando el viento era el único alivio para el frío que sentí al bajar de ese vehículo que más parecía un tranvía equivocado en un camino equivocado también e interminable, donde alcancé a repasar mi vida entera, y vislumbré que ésta sería mi última noche despierto. Todas las noches que vinieron después y las que aún no han pasado, me las gastaré intentando gritar sin que la voz pueda salirme. No será mi esfuerzo en vano, de hecho ya me puedo expresar de alguna manera. Escuchen lo que dice el viento de la pampa y lo que grita el abrumador silencio de las noches sin luna. Es ahí donde puedo inscribir mi testimonio: la de cosas que diré cuando pueda hablar nuevamente.