Martes once en la Universidad
Para Goyo Mimica

José Ignacio

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Nunca dejarás de estar conmigo
Una carta para Gregorio Mimica.

Homenaje a Gregorio Mimica.




Esa mañana con Pedro decidimos ir a buscar a nuestras hermanas Pati y Cata, que se habían ido temprano a sus clases en el Liceo de Niñas Número Uno, es que para esa hora ya habíamos escuchado las noticias en el departamento donde vivíamos del hoy Paseo Bulnes, pleno barrio cívico, a dos cuadras del Palacio de la Moneda. Nos fuimos por caminos diferentes por si ya estaban bloqueadas las calles por tanques, claro que no visualizamos el riesgo que representaba el que nos atravesaran con una bala. Yo me fui por Amunátegui y ya en Moneda divisé los tanques frente al Palacio de Gobierno.

No parecía broma, las noticias daban cuenta del Golpe Militar contra el compañero Allende y la gente corría asustada. Al llegar al Liceo ubicado en Compañía y San Martín, no encontré a las niñitas, las habían enviado a todas de vuelta a sus casas. Decidí entonces seguir a la Universidad Técnica, hoy Universidad de Santiago, donde era delegado estudiantil ante el Departamento de Matemáticas de Ingeniería donde estudiaba

Allí la situación era de verdad confusa. Hacia el mediodía el Rector Kirberg nos habló pidiendo calma, y llamó a no desesperarse hasta no conocer el desarrollo exacto de los acontecimientos. Entiendo que las autoridades de la UTE tuvieron varias reuniones para determinar qué hacer, si nos quedamos o nos íbamos. El ambiente estaba convulsionado, había diversas opiniones, dieron libertad de acción. Durante la mañana algunos se fueron, pero el grueso de estudiantes, académicos y funcionarios, unas seiscientas personas, decidió, conforme a una consigna largamente propalada en todo ese tiempo, permanecer en sus sitios de trabajo o estudio. Y nos quedamos. Yo también.

Algo más tarde, por una radio que tenía un compañero, supimos que habían bombardeado la Moneda. Los hechos eran entonces elocuentes, sin embargo por alguna razón que no atino a explicarme, parecíamos no captar en toda su profundidad el alcance de lo que ocurría.

Hacia el mediodía se había ya completado el cerco de la universidad. Los militares controlaban los accesos en la Estación Central, en las avenidas Matucana y Ecuador. En el interior de la Quinta Normal la tropa estaba presente en todas partes. Algunos estudiantes que intentaron desplazarse de un pabellón a otro tuvieron que renunciar a la idea, los disparos llovían de inmediato.

Mucho más tarde después, tal vez a las siete, llegó un piquete de carabineros a conversar con el Rector, quienes nos notificaron que la universidad debía ser desalojada al día siguiente antes de las ocho de la mañana. Preguntaron si teníamos armas. El Rector Enrique Kirberg contestó con mucha energía que nadie, entre nosotros, disponía de armas, lo que era rigurosamente cierto.

Como las líneas telefónicas aún funcionaban, llamé a mis hermanas preguntando, si estaban todos y qué pasaba en la casa, y para avisarles que estaba en la universidad para que no se preocuparan. En mi hogar no estaba la mamá, ni el papá, ellos habían viajado a Arica y estaban por volver, y si menciono esta situación es para hacer ver que yo todavía estaba más preocupado de mis hermanas que de mi propia situación, la no consideraba grave todavía.

Y llegó la noche. De noche las situaciones se perciben más negras. Así me ocurrió entonces, y esa noche del once y madrugada del doce debe ser una de las más siniestras que he pasado y se me ocurre pensar que pasara con mi vida. Las ráfagas de fusilería y ametralladoras empezaron apenas oscureció y fueron creciendo con las horas. Los militares disparaban contra la universidad y contra los automóviles que atinaban a circular por allí, y nosotros no teníamos otra alternativa que estarnos quietos y a oscuras. No creo haber dormido ni dado siquiera pestañadas; mucho menos más tarde cuando empezó el baleo hacia nosotros, el cual que yo sepa, produjo dos muertes.

Alrededor de las diez de la noche fue alcanzado por una bala Hugo Araya, fotógrafo de la universidad que estaba cumpliendo su función de periodista. Se desangró durante horas sin que nadie pudiera socorrerlo. El Rector hizo muchos esfuerzos, todos inútiles, con postas y hasta comisarías para conseguir una ambulancia, en la Universidad no había médicos, ni enfermeras. Falleció cerca del amanecer. Poco antes había muerto al parecer una joven estudiante; recibió una bala pérdida y falleció instantáneamente.

En la Escuela de Artes y Oficios, mi escuela, la mayor parte de la gente se refugió en el casino. Yo estaba en una sala de profesores al frente del aula magna. Los carabineros, nuestros primeros acosadores, se habían retirado poco después de la madrugada y ahora nos estaban cercando fuerzas del ejército. Los soldados, se desplazaban corriendo de árbol en árbol, con gran rapidez y sigilo, parapetándose en posición de combate, lo cual nos resultaba inexplicable ya que teníamos plena conciencia de que la universidad tenía que ser evacuada y ya había sobre eso un compromiso con los militares.

Poco antes de las siete de la mañana del miércoles, habían aparecido por la Avenida Ecuador equipos de artillería. Un enorme cañón, fue instalado en medio de la calle que enfrenta directamente a Casa Central de la Universidad. A las siete y cinco minutos, sonó el primer cañonazo dirigido hacia el edificio de tres pisos, cuya fachada, de más de cien metros de longitud, es un luminoso y enorme ventanal. El disparo hizo impacto en la segunda planta, en la oficina exactamente contigua a la que estaban las autoridades y la destruyó totalmente, acto seguido se sintió cómo se iniciaba el ametrallamiento. Volaban astillas, residuos de yeso, fragmentos de vidrios; el estrépito era ensordecedor y nos ahogaba el olor espeso de la pólvora. Sonaron nuevos cañonazos dirigidos a otros sectores del edificio.

El fuego se mantuvo durante unos veinte minutos. Un grupo de estudiantes, en su fuga loca, se trepó a la copa de agua que hay vecina el estadio de la Universidad. De allí los bajaron a tiro limpio. No supe sus nombres. Ni siquiera sabemos con exactitud a cuántos mataron. Sus cadáveres fueron abandonados por el ejército y apilados en los patios de la Escuela de Artes y Oficios. Estuvieron allí varios días y sólo fueron retirados cuando el vecindario reclamó porque la pestilencia empezaba a tornarse insoportable.

Cuando el tiroteo se interrumpió y nos instaron por altavoces a rendirnos, apenas salimos de nuestros escondites empezaron a llover sobre nosotros culatazos y puntapiés. Luego nos ordenaron arrojarnos al suelo, boca abajo, de piernas abiertas y de manos en la nuca. Allí se me acercó un soldado, a quien conocía porque había estudiado conmigo y estaba haciendo el servicio de militar en la Serena, venía a preguntarme qué habíamos hecho, porque les habían contado que nosotros habíamos matado a muchos militares y carabineros. Intenté hacerle ver que eso era un invento mentiroso para azuzar y enfurecer a la tropa; pero no creo que él me haya creído.

Procedieron entonces a separar a las mujeres de nosotros, después supe que a la mayoría las liberaron, y que avisaron de nuestra situación a nuestros familiares y a la opinión publica.

El Coronel separó al Presidente de la Federación de estudiantes Ociel Núñez y al Rector Kirberg, que había salido agitando una camisa blanca identificándose en su calidad de dirigentes. El Coronel fue particularmente brutal con el dirigente estudiantil, lo abofeteó, mientras los soldados se turnaban hundiéndole la culata en las costillas. De pie otra vez, nos hicieron trotar hacia la multi cancha cerca del gimnasio y la salida hacia Avenida Sur, en medio de una doble fila de uniformados, nos obligaron a correr por ahí entre insultos, culatazos y patadas, en una réplica burda y cruel de un juego de nuestra infancia que llamábamos "callejón oscuro".

En numeroso grupo estaba Víctor Jara, a quien yo conocía desde hacía un año al menos, cuando él había ido a dar un recital al Mineral El Teniente, donde yo realizaba trabajos voluntarios. Víctor, que era funcionario de la universidad, me ayudo a sacarme la camisa amaranto de la Jota sin que me sacara el suéter que llevaba encima. El oficial a cargo del allanamiento, junto con ordenarnos volver a la postura boca abajo, nos obligó a vaciar nuestros bolsillos.

Los soldados revisaban la pila de objetos y si había algo que llamaba su atención lo entregaban a los oficiales. Por suerte, antes yo había escondido el sueldo del mes, detrás de una placa donde se indicaba el nombre de la sala, en ésa donde había permanecido la noche anterior.

El espectáculo era sobrecogedor. Centenares de estudiantes y profesores quedamos tendidos en el suelo inmóviles durante horas, ante los vecinos de la Villa Portales, la población que enfrenta a la universidad por el lado poniente. Imagino que deben habernos visto desde atrás de sus visillos, porque al menor signo de movimiento los militares disparaban sobre puertas y ventanas. He sabido después que ellos creían que todos estábamos muertos. De allí proviene seguramente el rumor de que en la universidad se había producido una matanza de varios cientos de personas. Pero desde el punto de vista de la destrucción, la más afectada fue la Casa Central, porque allí rompieron escritorios, sillas, máquinas de escribir y de calcular, arrancaron las puertas de cuajo, no dejaron vidrio bueno, y vaciaron archivos y estantes, desparramando su contenido. Hubo otros ataques de consideración, el que dirigieron, por ejemplo, contra veinticinco paneles de una exposición que se inauguraba ese Martes 11, donde asistiría el presidente. El tema era la lucha contra el fascismo y tenía un título: "Por la vida, siempre"

El operativo duró muchas horas y comprendió otros aspectos que a pesar de estar allí tendidos y casi sin movernos, lográbamos percibir, como la descarga desde camiones militares, de fusiles, bazucas y cajas de municiones que apilaron muy cerca nuestro y que después fueron exhibidas reiteradamente por televisión como encontradas en nuestro poder para así justificarse.

Cerca de las tres de la tarde se puso fin a la torturante posición a que nos mantenían obligados y nos permitieron incluso sentarnos e ir al baño. Todo eso antes de que empezara el traslado hacia el Estadio Chile, operación muy demorosa porque había pocas micros disponibles. Durante todo ese período no cesamos de oír disparos.

Al llegar al Estadio Chile, mientras llegaba nuestro turno de ser interrogados, obligados a un falso trote, haciendo saltos en el sitio donde uno estaba parado. Sin detenerse, porque no estaba permitido. Nos quitaron la cédula de identidad y nos hicieron desvestir y obligaron a seguir trotando desnudos.

En el Estadio Chile, sin prácticamente nada de comer adelgacé cuatro kilos. Los baños no tenían agua, por lo que olor era pestilente. Dormía a ratos sentado o tirado en el piso, sin frazada. El ambiente era tenso, de incertidumbre y desconfianza, porque de los tres mil o más presos que había, uno no sabia quién era quién, por tanto, solo se podía conversar con los amigos.

Al atardecer de la primera noche en el estadio, escuchamos un ruido estremecedor, que disminuyó cuando habló el comandante a cargo quien nos expuso que si alguien intentara huir, sería pasado por el "serrucho"; una ametralladora usada en tiempos de Hitler. No había terminado eso cuando empezó de nuevo el ruido infernal, yo pensé que empezaba a disparar ese serrucho para matarnos a todos. Me agaché y me tape los ojos, esperando el tiro de muerte. Después supe que el infernal ruido, provenía de un grupo electrógeno que habían instalado para un eventual corte de luz.

Al anochecer vi cómo un joven trabajador, desesperado se lanzaba desde las graderías a la cancha, no tengo certeza de si murió o no, o cual fue su destino. Otra persona se abalanzó hacia un oficial, el cual lo mató de un balazo.

En el Estadio Chile tenían también a Víctor Jara. Lo mantenían aislado en un sector de las graderías. Al tercer día no lo vi más, lo habían llevado a los camarines donde supe después que lo torturaron. A la semana siguiente apareció muerto en la calle, con sus dedos quebrados y balazos en su cuerpo.

Al segundo día empezaron a llegaron centenas de trabajadores detenidos en los principales barrios industriales, creo que la mirada que traían y sus rostros me dieron la pauta para entender la magnitud del derrocamiento de lo constitucional a que nos enfrentábamos. Está demás decir que la cantidad de gente y personas de todos los sectores y barrios de Santiago que ya al anochecer de ese segundo día repletaron el estadio, me vinieron a confirmar la situación en que estábamos y sentí los riesgos que ello implicaba: debía salir de ahí urgentemente, porque estaba en peligro mi trabajo, mis estudios y mi propia vida. En esos pensamientos me encontraba cuando escucho gritar al profesor de historia, Mario Céspedes, pidiendo que lo liberen porque no sabe ¿Por lo tienen ahí? si nada ha hecho, y sólo ha obedecido un requerimiento de un bando de la Junta para presentarse al Ministerio de Defensa, y así lo ha hecho. No le hicieron caso, como tampoco a nadie que reclamó por sus detenciones arbitrarias Recuerdo que el profesor, dos noches antes del 11, había dictado una conferencia en la televisión sobre el fascismo.

En la casa no tenían noticias de mi paradero desde el 11, habían escuchado que la Universidad había sido bombardeada, me daban entonces por muerto o desaparecido. Durante el bombardeo de la Moneda, mis hermanas y hermanos habían tenido que refugiarse en el subterráneo del edificio de Avenida Bulnes. Ellos ya sabían que el presidente Allende había muerto. Después supe las angustias que padecieron por no saber de mí. Comentarios de la situación vivida, escucho aún, después de 30 años, a sus compañeras de curso y padres de sus amigas

Al tercer día, un amigo, me cuenta que han salido libres Carlos y Goyo, dos dirigentes estudiantiles; que los han ido a sacar del Estadio un tío militar, y un amigo uniformado. Con esta información, me di cuenta de que la única forma de salir, era que algún familiar o amigo militar fuera a "hacerse responsable" por uno.

En la madrugada del Jueves 13 como a las 4 a.m. veo que hay una pequeña fila en la cancha, como soy curioso, bajé de las graderías a indagar para así enterarme de que algunos detenidos estaban esperando hablar por teléfono. A esa hora sólo había un suboficial que autorizaba a comunicarnos con algún pariente o conocido. El tipo estaba tan asustado y desolado como nosotros, nos comentó que tenía dos hijos de nuestra edad y no sabía de ellos desde hacía días. Cuando me tocó el turno de hablar, tenía sólo un minuto, me contestó mi hermano Pedro que era de derecha con quien habíamos tenido discusiones políticas, pero era tal mi angustia que vencí mi orgullo y me atreví a pedirle que convenciera al Tío Pepe de que me fuera a sacar, ya que él era coronel en retiro de la Fach, y le pedí también que si le iba mal con él, que buscara cualquier otra posibilidad por el estilo.

Posterior a mi llamado a la casa, un amigo me dijo que había escuchado mi nombre por el altoparlante, que me presentara en la guardia. Yo no sabía qué pasaba, cuando a uno lo llamaban; no sabia si era para bien o para mal. Al llegar, diviso al tío Pepe junto a la tía Olga, habían ido a buscarme, sentí un alivio inmenso. Mi hermano había cumplido. El Mayor del Ejército, le dijo al tío Pepe que yo quedaba a su cargo y era responsable de mis actos.

Se me ocurre que tuve una suerte inmensa de que me fueran a buscar en ese momento, ya que esa misma tarde empezaron a evacuar el Estadio Chile y llevarse todos los detenidos al Estadio Nacional. En ese monumental recinto deportivo para ochenta mil personas, lo habían transformado en un gigantesco campo de detención, allí era sistemático el mal trato, la vejación, los interrogatorios y los atropellos a los derechos humanos. Pero que nadie piense que los que habíamos salido del Estadio Chile teníamos la vida salvada. Nada de eso, un tiempo después supe que a Goyo Mimica a las pocas horas de salir del estadio, fue a detenerlo a su casa una patrulla militar, quienes lo llevaron a la Escuela de Artes de Oficios -la escuela de ingeniería de nuestra universidad-, donde, al parecer lo asesinaron. Hoy el Goyo es un estudiante detenido desaparecido.

No obstante ese sábado de gloria llegué a la casa emocionado, abracé a mis hermanas y agradecí a mi hermano Pedro, a quien le costó tanto convencer al tío Pepe. Llegué a la casa, apenas a minutos antes que llegaran los papás del Norte. Ellos venían viajando desde Arica, el golpe los había pillado en San Pedro de Atacama. Habían pasando otro tipo de peripecias, Tuvieron que manejar mas de ochocientos kilómetros en toque de queda, cruzando el desierto para llegar a Santiago con la mamá sosteniendo una bandera blanca por la ventana del auto durante varias horas. Y todo porque que querían llegar rápido a estar con nosotros porque las noticias eran muy confusas. Tuvieron que rogar que le dieran salvoconducto en cada cuidad que eran gobernadas por diferentes militares. Afortunadamente no vivieron el bombardeo y la balacera que había en el Capital de Chile. Ni tampoco sabían en detalle de la angustiosa situación que vivieron mis hermanas y menos de la mía, aunque, imagino, la sospechaban, y eso debió ser mucho más angustiante para ellos.

Por mi parte, después de estar un par de días en mi hogar, estuve refugiado algunos días en la casa de la suegra de mi hermano, la querida Nanita. Apenas abrieron la oficina me presenté a mi trabajo como si nada me hubiera sucedido, pero igual al par de días me despidieron, al igual que da la UTE. Treinta años después, afirmo que todo esto que pasé fue cruel y duro, no se puede comparar sin embargo con lo que pasaron tantos otros compañeros a quienes torturaron e hicieron desaparecer o, simplemente, fueron asesinados. Son compañeros y compañeras de los cuales jamás me olvidaré. Cómo olvidarlos si entre ellos, el Goyo Mímica todavía me guía.

      


Si posee algún antecedente o haya algo que desee agregar sobre Goyo Mimica, Hugo Araya, Víctor Jara, o sobre cualquier otro compañero o compañera caída en la UTE, compártalo con nosotros con un e-mail a nuestro correo electrónico. para que así todos podamos conocerlo. Si sabe algo también sobre cualquier otro compañero desaparecido o asesinado por la dictadura, compártalo también con nosotros, eso ayudará a que jamás los olvidemos.

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