Eduardo y Rafael Vergara Toledo formaban parte de una familia de
combate, jóvenes militantes del Movimiento de Izquierda
Revolucionaria MIR, se destacaban cada uno en lo suyo.
Eduardo como dirigente estudiantil en la UNED, ordenando la
barricada en Macul con Grecia y discutiendo la práctica antidictatorial
con amplitud y serenidad. Rafael en la población, en la comunidad
cristiana con sus viejos, en cuidar la retaguardia
contra la represión, introvertido y eficaz.
Ambos jóvenes como muchos de quienes se entregaron enteros a la
idea de terminar con la dictadura, como su hermano Pablo, como
Paulina Aguirre asesinada el mismo día por la CNI, como Manuel
Guerrero, José Manuel Parada y Santiago Nattino degollados
al día siguiente también por carabineros.
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Ambos alegres y rebeldes, por lo tanto peligrosos para la sociedad
impuesta, la misma que continúa existiendo con su Constitución, sus
leyes laborales, su privatización de las empresas del Estado, sus
crímenes, su corrupción, su impunidad. Esa impunidad que
se mantiene en estas muertes, supuestamente investigada por
tribunales militares, en las que no se encuentran culpables, en
las que se inventa un enfrentamiento, en las que
la venganza del poder acalla vidas plenas.
Eduardo y Rafael son parte de nuestro accionar por su audacia
y su conciencia, son parte de las nuevas generaciones que se
levantan contra lo establecido por su tenacidad y persistencia,
son arte de la funa por su grito eterno contra la impunidad.
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El presente testimonio fue publicado por la Comisión Funa, el día que denunció que
"un asesino vive en Ñuñoa", refiriéndose
a Luis Eduardo Crespo Zamorano, teniente al mando de la Tenencia Alessandri, involucrado en el
asesinato de Rafael y Eduardo Toledo.
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