Recorriendo por el puerto de Valparaíso, esa ciudad que trepa entre
callejuelas estrechas de cerros que se llaman
con nombres que hacen sonreír:
Cerro Alegre, los Placeres, Bellavista, Cordillera; con construcciones
antiguas que se han salvado de temporales y terremotos, habitadas y deshabitadas,
perros y gatos por doquier; paraíso de pintores.
Ahí encontré al Cristo pobre de la Matriz, sentado en una roca con la barba apoyada en la mano. Sentada a sus pies, contemplé los barcos anclados en la bahía, a lo lejos creí ver el buque escuela «Esmeralda», orgullo de los chilenos.
Seguí subiendo por escaleras que no llevan a ningún sitio, por calles cortadas a pique contra el mar, por ascensores que llegan hasta las viviendas de los más humildes. En una de ellas, la más elevada por los cerros, me entregaron una hoja de un diario ya muy envejecida. «Para que lo recuerdes», me dijeron; y eso haré recordarlo:
Miguel Woodward Yriberry, sacerdote anglochileno
torturado y muerto en 1973. Por su martirio se identificó con el Cristo
de la Cruz y con el que vive y muere en los pobres, por eso, con su martirio,
nos abre una ruta luminosa de redención. El día 15 de septiembre, una patrulla de
marinos irrumpió en su casa del cerro Los Placeres, no se le vio nunca más.
Así se podría resumir la vida de este sacerdote, bueno y grande que se unió a su pueblo para ser uno más entre ellos: un trabajador y sacerdote para atender a su comunidad en nombre de Cristo. Fue llevado al buque escuela Esmeralda, en donde lo torturaron en tal forma que no resistió. ¿Su delito? Comprometerse con la vida del pueblo, amar a los pobres, vivir entre ellos. El día 15 estaba vivo, el día 22 amaneció muriendo. Lo habían torturado para que hablara. No habló. Trajeron a un médico del acorazado «Latorre» que no le dio más de una hora de vida y lo mandó al Hospital Naval. Esa misma mañana avisaron al capellán que había llegado el cadáver de un sacerdote, éste enseguida reconoció a Miguel y le dio la unción. La Marina no quiso entregar su cuerpo, aunque se lo pidieron los pobladores y la propia Iglesia. Dijeron que se encargarían de darle sepultura, sin embargo lo arrojaron a la fosa común desde donde no es posible individualizar y rescatar un cadáver. Allí reposará, pues, definitivamente su cuerpo, abrazado a los cuerpos de tantos anónimos, sin duda los más pobres y abandonados. Por lo demás, es lo que Miguel hubiera querido en consonancia con lo que siempre buscó. El domingo pasado fijamos una placa conmemorativa del martirio de Miguel junto al Cristo de la Iglesia de La Matriz, la iglesia de los pobres. Sacerdote .... La Nación, octubre 3 de 1998 (José Aldunate s.j.)
Esta era la página que me entregaron ese día, faltaban unos trozos que rellené con mis palabras: la historia de una vida truncada el 22 de septiembre de 1973. Un viento de verano que se adueña de la ciudad despejando los nubarrones que presagiaban temporal, arranca de mi mano la página. Las casas se estremecen con un ruido sordo de latones, y un rumor de alas enormes y de seres triturados.
El sol ya no está, la noche se acrecienta, y las luces de Valparaíso, inmutables, se encienden.